Había una vez unos pollitos en fuga que, en su huida, quedaron varados en algún lugar de Centroamérica. Los pollitos fueron recibidos por un amigo de la familia que le permite inéditos privilegios donde actualmente se han visto obligados a vivir. Donde están, se codean con la crema y nata de oscuros personajes que vieron conculcadas sus aspiraciones políticas por no jugar limpio con la plata ajena. O sea que los muchachos han conocido a encumbrados colegas, gente de su círculo, como ellos.
Pues bien, me cuentan que en ese lugar los muchachos gozan de unos privilegios prohibidos, como poseer computadoras, y/o tablets y celulares. Reciben visitas de su familia, que va hasta allá a verlos en “viajes humanitarios”. Afuera del gallinero tienen un chofer y carro a su disposición, para lo que necesiten, aunque mayormente lo usan para ordenar comidita, sin privación de ninguna clase. Cuentan con Tv. y consolas de juegos, y hasta podrían hacer asados, pero prefieren encargarlos, como el de ayer: una lechoncita de 60 libras.
Como donde están no se permite tener nada de esas cosas, los que custodian el lugar entraron para verificar –tras ser informados de las intenciones de una gente que quería irse sin permiso– que sus invitados no tuvieran equipos de comunicación y otras cositas que se pasan de contrabando en lugares como ese. Los muchachos perdieron sus equipos… pero por poco tiempo, pues allí obtienen todo privilegio que el dinero puede comprar. Y sabemos que no es poco, dada la manía de estos jóvenes por lo ajeno.
Mientras tanto, la gente encargada de defenderlos de tan arteros ataques, gana tiempo –y dinero a manos llenas– no solo por sus servicios formales, sino por su valiosa asistencia en las informalidades que les permiten a sus amiguitos gozar de tan prohibidos privilegios. ¿Qué cómo lo hacen? Recordemos que los defensores no son ningunos angelitos tampoco. Tienen sus propios cuentos también.
Pero lo que todo el mundo se pregunta es qué desayunarán los pollitos en los próximos años: ¿manzanas o guineos? En donde están, los entendidos no vislumbran sorpresas. Dicen que tomará algo de tiempo, pero prevalecerá la inquebrantable amistad de sus anfitriones, por lo que es poco probable que en el desayuno de los invitados el banano sea una opción, así sea que la familia les lleve maletines llenos de plátanos verdes.
La familia de los muchachos tiene muy buenos contactos allá donde están y hacen buen uso de ellos, por lo que ahora la prole lleva una vida principesca, pero, si a su actual anfitrión le diera por pulsear con los otros anfitriones –por complacer a la familia gallinácea– la aventura puede terminar muy mal, según me cuentan los guionistas de este cuento, que me dijeron, está basado en la historia de vidas novelescas. Y claro, quedan algunos capítulos sin terminar, por lo que por ahora solo puedo decir: colorín colorado, este cuento aún no ha acabado.