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Sábado picante

Sábado picante

Tiempo muy atrás, cuando fui reportero de televisión, una tarde veíamos los noticieros vespertinos, cuando apareció en pantalla un funcionario obeso dando una entrevista. Uno de los periodistas que veía las noticias con nosotros –usualmente caballeroso y reservado– tuvo la desdicha de preguntar al grupo frente al televisor si alguno de nosotros conocíamos a ese gordo, con cara de cerdo, traidor político que daba la entrevista. Nadie respondió. Pero insistió, agregando un par de insultos. Silencio total.

Pero un joven lo miró, como con la intención de contestar. Nadie lo conocía; era su primer día de trabajo. El silencio parece haber molestado al inquisidor, que nuevamente preguntó, siempre con sus hirientes adjetivos. Esta vez, el nuevo se levantó, se puso frente al preguntón, y le respondió: ¡Ese viejo gordo, con cara de cerdo, traidor político, es mi papá! La respuesta nos dejó fríos.

La reacción del periodista que hizo tan ofensivos comentarios, preso de los nervios por la que seguramente habría sido su mayor metida de pata hasta ese minuto de su vida, decidió decir algo. Y le preguntó al furioso hijo, no una, sino dos veces, si estaba seguro de que era su papá. Para cuando le preguntó por segunda vez, los únicos que quedaban en la redacción eran ellos dos. Nos escabullimos, muertos de vergüenza ajena, y agradecidos de no haber respondido ni una sola palabra.

Supongo que mi colega quiso sacar las patas del enorme lodazal en que las metió cuando le preguntó si reconocía a su padre. Pero, en vez de ello, el lodo –que estaba hasta sus rodillas– le llegó al cuello, pues provocó aún más la ira del joven, que lo miraba incrédulo por tanta estupidez junta. Fue una lección aprendida, afortunadamente, de joven y en la piel de otro.

Esa fortuna no parece haberla tenido el director de la Caja de Seguro Social, Enrique Lau Cortés, quien, como se sabe, hizo un comentario nada agradable en la casa del jabonero –la poderosa Comisión de Presupuesto de la Asamblea Nacional– donde estaban reunidas hambrientas hienas que se lo comerían vivo con todo y mascarillas puestas. Lau Cortés, ante tan delicada situación a causa de su impertinencia, en vez de pedirle perdón a sus comensales, ofreció una explicación. O sea, quiso sacar las patas.

Pese a que dejó entrever claramente haberse referido al famoso lema legislativo: “qué hay pa’ mí?”, Lau Cortés lamentó que sus palabras fueran mal interpretadas. Dijo que a lo que se refería con el “¿qué hay pa’ mí?” de los “honorables”, es qué hay para su circuito. Así, Lau Cortés creyó haberse salvado de haber sido el almuerzo. Para cuando salió de la comisión, todo el mundo celebraba a carcajadas su metida de pata y, mucho más, por su fallido intento de sacarla. Me pregunto si, además de Billetito Ábrego, alguien se comió el peor cuento chino jamás escuchado en la Comisión de Presupuesto.


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