COLUMNA

Sábado picante

Yo debería escribir que hace tres días -el 18 de noviembre- se celebró con entusiasmo actividades en todo el país, tanto en instituciones públicas como privadas, para celebrar el “Día Nacional de los Valores Éticos y Morales”. Pero en vez de ello, debo decir que, para efectos prácticos, ese día no existió, salvo para quienes lucharon para que se adoptara esa fecha para recordarnos que esos valores están ahí, aunque, en vías de extinción, porque las cosas están tan torcidas en Panamá que el juega vivo es un “valor”.

Si los valores éticos y morales definen una sociedad, su ausencia también. Fueron estos los que avivaron la llama patriótica de la gesta del 9 de enero de 1964 o ayudaron a enfrentarnos a la dictadura militar que controló el país por veinte años. Pero, precisamente, su ausencia es lo que ahora permite que la partida de sinvergüenzas que nos gobierna y que nos han gobernando, haga lo que le venga en gana sin consecuencia alguna.

Es muy doloroso contemplar cómo ha prosperado el “qué hay pa’ mí!” Del político, pasó al ciudadano, que ha empezado a prostituir su voto y conciencia a cambio de un jamón, bloques o una botella en el gobierno. Y luego nos ofendemos cuando alguien nos hace ver lo barato que somos, porque ya no amamos a la patria, sino al “billetito” adornado con las caras de presidentes estadounidenses.

Duele, porque antes no era así. Nos parecíamos al Perú de hoy, donde una enardecida ciudadanía salió a las calles esta semana a manifestarse contra las arbitrariedades de un grupo de políticos de su Congreso -el equivalente a nuestra Asamblea Nacional- y al cabo de cinco días, las protestas ciudadanas acabaron con las ilegítimas pretensiones de los golpistas. Recomiendo la lectura del artículo La semana más larga, de IDL-Reporteros, que penosamente nos recuerda lo que ya no somos.

Mientras los peruanos daban el ejemplo de lo que es ser un buen ciudadano, en Panamá nos enterábamos del negocio de $5 millones -que el Ejecutivo le concedió en contratación directa- de la familia política del hermano del vicepresidente de la República, y de las miserias que sufren médicos y pacientes de la Caja de Seguro Social por culpa de la indolencia administrativa. Todas las semanas, un escándalo entierra el anterior.

Nuestra esperanza son los jóvenes, esos pocos que salen a la calle a protestar, porque, de alguna manera, han cultivado -pese a todo- los valores éticos y morales de una antigua sociedad que, sin más armas que sus valores, se enfrentó a sangre y fuego a un ejército para recuperar la democracia que ahora, con nuestros votos, increíblemente se la regalamos a pandilleros de cuello blanco.

Sin aquellos que pusieron por delante los valores éticos y morales para enfrentar a los militares usurpadores, hoy no habría democracia. Esos políticos y gobernantes que acostumbran a denigrar y descalificar nunca podrán pagar la sangre y las lágrimas derramadas para que ellos hoy fueran libremente elegidos. Pero nada han aprendido; así de incompetentes son.

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