Sábado picante

Semanas atrás, tuve ocasión de visitar dos ciudades chinas: Chengdú y Shanghái. Tenía una idea clara antes de viajar y más clara la tuve al regresar. El desarrollo de las potencias orientales tiene un factor en común: saben qué quieren y hacen planes que ejecutan milimétricamente para lograrlo. Esos planes se hacen a corto, mediano y largo plazo. No se logra el desarrollo de un país con la sola pretensión de construir en su capital edificios de 70 pisos.

Unas cuantas décadas atrás, la economía china, al igual que la de Panamá, se basaba en actividades primarias, como la agricultura. Pero nosotros nos quedamos atrás. Es cierto que tenemos exóticos y elevados edificios, pero de esos abundan en Shanghái, mucho más altos y luminosos, así como en Hong Kong y en otras ciudades chinas. No hay parangón alguno del desarrollo de esas ciudades con Panamá. Y la razón de ello es la planificación.

Siglos atrás, los chinos amurallaron sus territorios, protegían así su cultura, sus bienes. Pero hoy, las universidades abren sus puertas a estudiantes y profesores extranjeros, y estos últimos, incluso, son invitados a que convivan con sus jóvenes y el personal docente, que en no pocos casos, ha estudiado en las mejores universidades del mundo, incluidas de Estados Unidos y Reino Unido. En Panamá, por el contrario, hasta para ser buhonero hay que ser nacido en la tierrita, como si eso nos hiciera superiores. El listado de carreras que no pueden ser ejercidas por extranjeros incluye 25 profesiones, entre ellas, el periodismo. Nada más ingnomioso para una actividad regentada por la libertad de expresión.

Es aberrante que hasta para ejercer la barbería y la cosmetología se debe haber nacido en Panamá, al igual que fisioterapeuta, asistente médico o dental, quiropráctico o trabajador social. Que yo sepa, ni somos una potencia en esos temas ni somos innovadores. Todo viene del exterior, pero renegamos a todo pulmón de ello. ¿Cuándo entenderemos que no somos la divina pomada? Que lo único que nos hace especiales es insistir en que lo somos. Tal cosa no nos convierte en ciudadanos del mundo, sino en ignorantes provincianos.

Los gobiernos han sido incapaces de idear un plan a corto, mediano y largo plazo que defina nuestro futuro como país. ¿Qué queremos ser? Esa es la pregunta que debemos responder. Hecho eso, los políticos deben ejecutar los planes para lograr forjar nuestra identidad.

La inercia nos ha llevado a pretender ser un país de servicio, pero nos alejamos más de serlo, pues nuestras debilidades se hacen cada vez más profundas. Y ahora, esa misma inercia nos conduce a los rumbos de los países víctimas del narcotráfico. Así seguramente somos identificados.

China tiene claro qué quiere y sus planes los ejecuta con precisión relojera. Nosotros, en cambio, pudimos haber sido centro del mundo, el corazón del universo, pero nos conformamos con ser escala obligada del narcotráfico. O una breve escala en la ruta de la seda.


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