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¿Serán limpias las elecciones en Estados Unidos en 2024?

Desde la llegada de Joe Biden a la presidencia, se ha manifestado una intensa tendencia de transformaciones en las reglas electorales en Estados Unidos.

¿Serán limpias las elecciones en Estados Unidos en 2024?
El 6 de enero de 2022, el presidente Joe Biden conmemoró el primer aniversario del asalto al Capitolio, con un acto en el salón de las estatuas de ese edificio histórico. AFP

El 6 de enero, el expresidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, publicó un artículo de opinión en el New York Times en el que se manifestó sumamente preocupado sobre el futuro de la transparencia e integridad de las elecciones en Estados Unidos.

En el artículo titulado “Jimmy Carter: temo por nuestra democracia”, el expresidente escribió: “Hace un año, una turba violenta guiada por políticos sin escrúpulos irrumpió en el Capitolio y casi logró evitar la transferencia democrática del poder. En aquel momento, los cuatro expresidentes condenamos sus acciones y afirmamos la legitimidad de las elecciones de 2020. Luego hubo una breve esperanza de que la insurrección conmocionaría al país a tal grado que eliminaría la polarización tóxica que amenaza nuestra democracia”.

“Sin embargo, un año después, los promotores de la mentira de que las elecciones fueron robadas se han apoderado de un partido político y han avivado la desconfianza en nuestros sistemas electorales. Estas fuerzas ejercen poder e influencia a través de una desinformación implacable que sigue dividiendo a los estadounidenses. Según el Survey Center on American Life, el 36% de los estadounidenses —casi 100 millones de adultos de todo el espectro político— están de acuerdo en que “el estilo de vida tradicional estadounidense está desapareciendo tan rápido que quizá tengamos que usar la fuerza para salvarlo”.

The Washington Post informó recientemente que cerca del 40% de los republicanos creen que la acción violenta contra el gobierno “en ocasiones se justifica”.

Las preocupaciones de Carter parecen muy bien fundadas, ya que en los últimos 12 meses, desde la llegada del demócrata Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos, se ha manifestado una intensa tendencia de transformaciones en las reglas electorales en ese país.

La gran manipulación

A diferencia de Panamá y de la gran mayoría de los países democráticos, en Estados Unidos no hay una autoridad electoral centralizada, ya que las elecciones son regentadas por los condados y cada uno de los 50 estados.

De acuerdo con información del Brennan Center, las elecciones de Estados Unidos son coordinadas por unos 8 mil funcionarios electorales locales, quienes fueron los verdaderos héroes de la elección presidencial del 2020. Este centro, sin fines de lucro, ha logrado documentar cambios significativos en el personal electoral de múltiples jurisdicciones, denotando que en estados claves como Colorado, Michigan y Pensilvania, todos los cuales fueron ganados por Biden, ahora tienen en múltiples localidades figuras leales al expresidente Donald Trump.

Por si lo anterior fuera poco, en 23 estados de Estados Unidos se ha establecido legislación electoral que hace más difícil el voto para los afroestadounidenses, los latinos y los pobres. Las medidas incluyen desde la exigencia de licencias de conducir, como medios de identificación, hasta el cierre de las urnas en los días y las horas que estos segmentos poblacionales pueden votar. Hay que recordar que el día de las elecciones en Estados Unidos es un día de trabajo normal y las empresas no están obligadas a darles permiso a sus trabajadores para que vayan a votar.

Un experimento mental

El mismo día que Carter publicó su opinión en NYT, también lo hizo el estratega republicano Karl Rove, uno de los principales asesores del expresidente George Bush hijo. El artículo de Rove fue publicado en el Wall Street Journal. La intención de Rove fue la de provocar a los republicanos para cuestionar su apología al asalto al Capitolio del 6 de enero del 2021. Para esto usó un experimento mental sobre las elecciones presidenciales del 2016:

“¿Qué pasaría si los demócratas afirmaran que las victorias reducidas de Donald Trump en Michigan, Pensilvania y Wisconsin fueron el resultado de un extenso fraude electoral y deberían ser rechazadas, a pesar de no haber podido establecer en un solo tribunal que realmente se había producido un extenso fraude?

¿Qué pasa si algunos de estos demócratas violaron las defensas del Capitolio y amenazaron con violencia contra el presidente republicano Paul Ryan y el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell?

¿Qué pasaría si insistieran en que, en su papel de presidente del Senado, el entonces vicepresidente Joe Biden tenía la autoridad exclusiva para sentar a los electores de Hillary Clinton de cualquier estado en disputa y, por lo tanto, entregarle la presidencia?”

De esta forma, Rove quiso exponer la hipocresía del bando duro de su partido, que ha asumido una postura de descalificación de la crítica al ataque del 6 de enero. El argumento central de Rove es: si te molesta mucho que lo hubiese hecho el Partido Demócrata, entonces no está bien que lo hayan hecho los seguidores de Trump.

Un futuro en tinieblas

El consenso de los analistas políticos estadounidenses es que el Partido Demócrata perderá, en las elecciones de noviembre de este año, las dos cámaras del Congreso y posiblemente varias gobernaciones. Esto es el resultado del rápido desgaste del gobierno de Biden, que no ha tenido la oportunidad de desplegar su agenda por los estragos de la pandemia, la resistencia de los antivacunas y el mediocre comportamiento de su propio partido.

El verdadero dilema lo presentan las elecciones presidenciales de noviembre de 2024. Si en esas elecciones vuelve a correr Trump y se niega a reconocer los resultados de las urnas, junto con el impacto de miles de funcionarios electorales insertados en la galaxia conspiranoicas de Trump, no solo es posible que la presidencia de Estados Unidos, sino también el Congreso y las gobernaciones de muchos estados, caigan en manos de los perdedores, ladrones de urnas y fabricantes de mentiras. Ese resultado acabaría con la democracia más antigua del mundo.


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