EL REY. Mientras el FBI avanza en su investigación en el caso Odebrecht, en Panamá estas bailan al son que le pone el cantante de mariachis, porque él es el rey y entre sus más obedientes súbditos está el humanitario amigo del que fuera su jefe en época estudiantil. Y es que aquí las cosas van bien para la garulilla, pero en EU no pintan bien para los príncipes, cuyas transacciones empiezan a identificarse su uso: yate y apartamento. Estos son los que usan las zapatillas del pueblo, porque hasta sin eso nos dejaron.
COMPETENCIA. Por cierto, en la Procuraduría parece que hicieron un inventario de todos los casos pendientes de los “enemigos del pueblo”, o sea, de ellos, y han arremetido con todo lo que tienen y contra todos, mientras a los amigos: paciencia y complacencia. Con la aplanadora, hasta cómplices han sufrido el atropello, pero han salido no solo sin imputación, sino probablemente hasta con las disculpas del siervo mayor. Ojo, vocero, con la competencia: Este empieza a reptar mejor.
DANZA DE MILLONES. Los empleados del servicio doméstico de la Caja del Seguro Social se sumaron a las múltiples protestas de otros funcionarios del sistema de salud pública por la falta de insumos médicos para protegerse de la Covid-19. Prohibido olvidar los famosos ventiladores, máscaras, guantes, gel alcoholado y demás insumos que pretendía comprar el gobierNito por millones de dólares y con sobreprecios. ¡Qué barbaridad!
EL FLACO. Ayer se instaló la comisión de Gobierno de la Asamblea, cuya junta directiva la integran Crispiano Adames (presidente), Roberto Ábrego (vicepresidente) y Corina Cano (secretaria). Adames, que es médico de profesión, todo este tiempo ha presidido la comisión de Salud, pero ahora que hay pandemia lo sacan de ahí. En cambio, Leandro Ávila, que presidió la comisión de Gobierno en la legislatura pasada y lideró todas las consultas sobre las reformas a la Constitución, fue virtualmente excluido de esta instancia y ahora está en la de la Mujer, la Niñez, la Juventud y la Familia. Un pase de factura de sus propios copartidarios. Por algo reza el adagio, “no hay peor astilla que la del mismo palo”.