Los sueños de Francisco Serrano Marín descansan sobre tejas y ladrillos. Allá, en la vía que conduce hacia Ocú, provincia de Herrera, específicamente en El Limón, continúa produciendo tejas y ladrillos a base de estiércol de caballo, una técnica prácticamente en desuso que tuvo su mayor auge entre 1940 y 1970.
De tez trigueña, baja estatura, amable, preciso en sus palabras, Francisco afirma que “por necio” es que continúa en esta actividad, pues la producción actual de tejas y ladrillos se ha industrializado.
Sobre el proceso, explica que primero el estiércol se amontona en una pila, en la que se desmenuzaba utilizando un garrote, hasta que un buen día a su hermano se le ocurrió reemplazar el garrote por una máquina de cortar césped, “y santo remedio, la labor se hizo más fácil”.
El estiércol desmenuzado se combina con tierra y con una tosca blanca, que previamente han estado anegadas en agua durante 7 a 8 horas, para darle consistencia. Seguidamente, esta mezcla se pone en unos moldes que antes, cuando eran de madera, se conocían como “micho” o “galápago”, y que ahora son de metal. Los moldes se ponen al sol, donde tardan dos días en secar, o de tres a cuatro días, si no hay buen sol. Luego, las piezas van al horno artesanal, en el que permanecen de dos a tres horas, y de allí al patio, donde están listas para la venta, a 55 centavos la teja y a 30 o 35 centavos los ladrillos, dependiendo del tamaño.
El artesano clama porque los gobiernos apoyen esta actividad, que en su caso le brinda empleo a 10 personas. Pero, mientras eso ocurre, allá en Ocú, sobre tejas y ladrillos, Francisco sigue soñando.