Anthony Smith y Jhon Fowler son isleños y ambos experimentaron la confrontación armada de 1982; uno más de cerca que el otro, pero con el mismo temor.
“Yo vivía en el West, aislado, en la finca Port Stevens, y mis padres y otros familiares vivían en Stanley, así que ellos vivieron tiempos más terribles que yo. No teníamos ninguna comunicación, por lo que no sabía si estaban vivos o muertos”, relató Smith.
La finca en la que vivía tenía unas 50 personas y era muy difícil llegar hasta allí, por lo que, afirma, trataron de vivir de la forma más normal posible hasta que la guerra terminó, unos dos meses después.
Recordó que un helicóptero argentino fue hasta la finca para contar cuántas personas había y como eran tan pocos decidieron no poner tropas.
“En las primeras semanas los aviones argentinos hacían simulaciones de ataques y eso nos asustaba mucho, pero nunca disparaban. Fueron tiempos locos”, apuntó.
Un día, tiempo después, añadió, una patrulla argentina que hacía una ronda llegó a la granja porque se había perdido.
“El gerente de la granja, que hablaba un poco de español, los conoció en un asentamiento cercano a la granja y les dijo cómo regresar. El soldado de menor rango estaba avergonzado porque sabía que estaba en problemas si no regresaba pronto a su base, que estaba en una granja como a 80 kilómetros”, narró.
La pérdida más grande que le dejó a la familia de Smith la guerra fue que dos de sus integrantes murieron producto del shock, ya que eran ancianos.
Smith es hoy guía de turismo y como parte de sus recorridos lleva a las personas a visitar el Cape Pembroke Lighthouse. Se trata –dice el guía– del faro que está más al sur del continente, construido en 1906.
“No funciona desde la invasión, pero tiene un sistema de energía solar que hace las funciones de faro”, indicó.
Precisó que el faro dejó de funcionar durante la guerra porque los argentinos tenían un sistema de misiles alrededor de él y cuando los británicos atacaron sufrió daños colaterales. Al finalizar la guerra decidieron que iba a ser muy caro arreglarlo, por lo que instalaron el sistema solar que, dice, cumple su papel. No obstane, advierte de que el faro se usaba para advertir a los navíos sobre el peligro del acantilado y ahora esa tarea es más eficiente con radares.
Fowler tiene duros recuerdos de la guerra de 1982. Fue en su casa donde estalló un proyectil británico que causó la muerte de tres mujeres, las únicas víctimas isleñas de la confrontación. “Fue un error en el sistema de computación naval británico”, reconoció.
Para este británico e isleño lo más terrible de todo era la sensación de que no podía proteger a su familia.
“Podía ver las balas pasando por mi jardín”, afirmó Fowler, quien para esa fecha era superintendente de Educación y quien asegura que antes de la invasión fue llamado a una reunión en la Casa de Gobierno, donde les comunicaron que en la madrugada podían llegar las tropas argentinas. En la reunión, señaló, se habló de si iban a oponerse a las fuerzas argentinas: “Y la decisión fue que había que tener la fuerza local y los Royal Marines en las afueras y en la Casa de Gobierno”.
Después de que todo terminó, agregó, lo difícil era que como británicos no están acostumbrados a ser invadidos. “Yo era el único civil en la calle cuando llegó una columna de tropas británicas y sentía que no era adecuado saludar y decir gracias; sentía tanta vergüenza y... estábamos tan cansados porque habíamos pasado noches sin dormir escuchando los sonidos de la batalla muy cerca de la ciudad...”, narró.
Celia Short es chilena, tiene 40 años viviendo en las Falklands/Malvinas y a pesar de las pérdidas le ve a la guerra un lado positivo. “Después de la guerra todo mejoró. Nos pusieron en el mapa”, indicó.
Ella recuerda que en la radio se fue narrando la llegada de los tanques y el ingreso de los soldados. “Ellos [los soldados] pensaban que toda la gente era argentina [pero no era así] y los que vivíamos allí nos sentíamos británicos”, igual que hoy, apuntó.
Según esta chilena, que trabajó 13 años en la Policía y uno en la Tesorería de Stanley, es cierto que en 1982 había argentinos en las islas, pero estaban allí porque había dos vuelos a la semana desde Argentina y el combustible se traía desde allá.