BRASIL. FASE FINAL DEL JUICIO POLíTICO A LA PRESIDENTA

La última batalla de Dilma

Serena, firme, a ratos relajada, la separada presidenta brasileña acudió al Senado brasileño y acometió una defensa de su actuación.

La última batalla de Dilma
Dilma Rousseff insistió ante el Senado brasileño que no ha cometido delito alguno. Muchos de los senadores que la juzgan, han sido investigados por corrupción.

Dilma Rousseff llamó ayer al Senado brasileño a votar contra su destitución e impedir “un golpe de Estado”, antes del fin de su juicio político que, si se cumplen los pronósticos, dejará a la izquierda fuera del poder del gigante sudamericano.

“Estamos a un paso de la concreción de un verdadero golpe de Estado”, denunció Rousseff durante su defensa en el Senado.

Y “si se consuma, resultará en la elección indirecta de un gobierno usurpador”, añadió la exguerrillera de 68 años, quien repitió que es “inocente”.

Esta es la primera oportunidad que tuvo la mandataria de defenderse en el Congreso. Y es la última carta antes de la votación que decidirá si la destituye o no, probablemente hoy martes.

“Lucho por la democracia, por la verdad, por la justicia. Lucho por el pueblo de mi país”, dijo al pleno de 81 senadores, convertidos en una especie de gran jurado.

ACORRALADA

Cada vez más aislada políticamente, agobiada por la peor recesión económica desde los años 1930 y con su partido ametrallado por denuncias de corrupción, Rousseff fue suspendida de su cargo en mayo por acusaciones de maquillar las cuentas públicas.

La mandataria fue acusada de autorizar gastos a espaldas del Congreso y postergar pagos a la banca pública para mejorar las cuentas y seguir financiando programas sociales el año de su reelección y a inicios de 2015

Desde sus tempranos inicios en la política, Rousseff se ganó una fama de firme, severa y también de arrogante y con dificultades para dialogar.

Esta exguerrillera, primera mujer en asumir la presidencia de Brasil (2010), que fuera torturada durante el régimen militar en Brasil (1964-1985), volvió a sentarse en el banquillo de los acusados 46 años después. Y así lo contó: “en la lucha contra la dictadura, recibí en mi cuerpo las marcas de la tortura”.

Fue en el único momento, al hablar de esos años en prisión, que su voz se quebró y sus ojos se empañaron. “Por eso, ante las acusaciones en mi contra en este proceso, no puedo dejar de sentir, en la boca, nuevamente, el gusto áspero y amargo de la injusticia”, destacó y remató: “por eso resisto, al igual que en el pasado”.

Su mensaje - estoico - no solo iba dirigido a los senadores, sino a una nación entera.

Durante la jornada, Rousseff fue interrogada casi sin descanso por detractores y aliados bajo la mirada de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), su padrino político y la figura que encarnó el despegue de Brasil, el éxito de la lucha contra la pobreza y el presidente más popular de la historia moderna.

A uno y otros repitió lo mismo: soy “inocente” y esto es un “golpe de Estado”.

Los aliados de su exvicepresidente y actual mandatario interino Michel Temer aseguran tener entre 60 y 61 votos para garantizar la condena, más de los 54 necesarios, y todos los sondeos coinciden en que solo un milagro evitará la destitución de la mandataria.

UN MILAGRO

Pero para los aliados de Dilma ese milagro puede ocurrir tras su comparecencia.

“Ahora hay que trabajar firme para revertir votos. Estamos exultantes. Es el día en que estamos cambiando el partido”, indicó el senador Lindbergh Farias, uno de los seguidores más fieles de Dilma.

Desde que Rousseff comenzó su segundo mandato en 2014, el PIB retrocedió y se proyecta una caída de 3.1% este año, el desempleo trepó hasta alcanzar un récord de más de 11 millones de personas, la inflación tocó los dos dígitos y el rojo fiscal estimado supera los 45 mil millones de dólares.

A eso se le sumaron las revelaciones de escándalos de corrupción, el mayor de entre ellos la Operación Lava Jato (lava carros), una red política-empresarial de sobornos que le costó a la estatal petrolera Petrobras más de 2 mil millones de dólares.

Los escándalos salpican a toda la clase política, tanto de izquierda como de derecha. Rouseff recordó que ella no está acusada de “enriquecimiento ilícito”. “Pido que hagan justicia con una presidenta honesta, que jamás cometió un acto ilegal, ni en su vida personal ni en sus funciones públicas”.

En el Senado que juzga a la presidenta, más de la mitad de sus miembros están involucrados o investigados por casos de corrupción.


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