Cuenta Eduardo Germán María Hughes Galeano haberse preguntado muchas veces cuán triste ha de ser morir y no ver cuando el sol se va, y se echa a dormir en esa hamaca que es el horizonte, en la hora más bella del día.
“Porque su capacidad de belleza te devuelve la fe en todo lo que puedas haberla lastimado o perdido. No hay ningún crepúsculo que se parezca a otro. Son todos diferentes, y en Montevideo somos tan afortunados que los tenemos delante. El sol cae ante nuestros ojos”, concluye este montevideano, cuyo álter ego de autor se revela en Las venas abiertas de América Latina, en una entrevista concedida al diario argentino La Nación en diciembre pasado.
Pero Galeano no advierte que al extremo superior del continente, corre un rumor: que en el considerado corazón de México, el estado de Aguascalientes, se pueden contemplar las puestas del sol más bellas de la Tierra.
Sus habitantes presumen, con mucha seriedad, que jamás se podría apreciar un fenómeno o milagro igual en otro lado del mundo; donde la inmensidad del cielo se viste con un traje de fuego en el Cerro del Muerto, una colina cuyo nombre se remonta a una leyenda de la época de los Chichimecas.
En solo cinco minutos, entre las 6:30 y 6:35 de la tarde, el firmamento se tiñe de una vasta paleta que pasa por todos los azules, hasta finalmente cautivar con un rojo apocalíptico que se diluye en la negrura de la noche.
