La vida en Cerro Algodón

Allá en Cerro Algodón, en la comarca Ngäbe Buglé, las pisadas se las lleva el viento, el azul del cielo se combina con los brillantes colores de las naguas de las mujeres, y las miradas se pierden en la lejanía.

El día pasa lento, como si disfrutara de cada instante en que la brisa acaricia las verdes hojas de los árboles nuevos y centenarios, que en esta región son parte esencial del paisaje.

Mujeres, hombres y niños, en cada rincón de Cerro Algodón, parecen esconder la pobreza en sus rostros taciturnos, en el que la inocencia se asoma a cada rato.

Llevan una vida sencilla, sin prisa, sin mayores pretensiones, ajena a los ajetreos que impone el modernismo, pues allá la tecnología aún no ha llegado.

Las labores hogareñas y en el campo son parte primordial en el día a día de grandes y chicos, pues todos contribuyen a hacer más llevadero el trajín en sus hogares.

En Cerro Algodón, la tierra que pisan los ngäbes buglés, cuya superficie está cubierta en gran parte de piedras de distintos tamaños, no da para mucho, pues solo cultivos como la yuca se atreven a brotar para darles el alimento que necesitan.

Irónicamente, allá hay poco algodón. Si una vez lo hubo en grandes cantidades, comentan sus moradores, fue cuando sus ancestros se señoreaban por estos predios.

Era el tiempo en que los frutos de estas plantas pintaban de blanco parte de la serranía, y servían para confeccionar algunas prendas de vestir.

Así, en medio de la sencillez, la vida pasa, avanza, no se detiene en Cerro Algodón, donde las miradas se pierden en la lejanía.

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