¿Está América Latina en el umbral de un nuevo sistema socialista económico tipo chino o ante una repetición del desastroso totalitarismo leninista soviético de los 60?
Esta semana en Rusia no habrá celebración jubilosa del primer centenario de la revolución bolchevique. Según una encuesta de Levada, la única firma encuestadora independiente en Rusia, la mayoría de los ciudadanos opinan que la revolución es un asunto del pasado que no les interesa.
El desencanto de los rusos con su revolución se refleja en las cuotas de afiliación al Partido Comunista que bajó de 18 millones de miembros en 1990, a menos de 200 mil en la actualidad. También en la pérdida de respeto a las grandes figuras de la revolución. Hoy, la mayoría de los rusos piensa que el cadáver momificado de Lenin en la Plaza Roja de Moscú debería ser retirado del mausoleo y enterrado en un cementerio común y corriente. Además, Vladimir Putin se muestra reticente a glorificar un movimiento revolucionario que fue capaz de derribar a un gobierno: “sabemos bien las consecuencias que estos levantamientos pueden acarrear”, dijo Putin a finales del año pasado.
La desilusión ciudadana con un movimiento que empezó como una noble lucha en contra de la desigualdad económica y en favor de un nuevo humanismo solidario, es comprensible a la luz de las revelaciones que documentan los horrores de la criminal dictadura soviética. El “gigantesco cataclismo”, como lo describió el profesor José M. Faraldo, fue espeluznante. Entre 1914 y 1953, año en el que murió Stalin, hubo 2 millones de soldados muertos en la Primera Guerra Mundial, de 3 a 5 millones en la guerra civil y más de 10 millones de muertos por las hambrunas y la represión de Stalin (otros autores hablan del doble de víctimas). El socialismo soviético fue también un desastre humano que, como relata el sovietólogo Archie Brown, el régimen pudo mantener en secreto por décadas. “Salvo los parientes de las víctimas, pocos ciudadanos soviéticos sabían de los crímenes de Stalin, y menos aún que estos eran derivados naturales del sistema cuyos cimientos fueron construidos por Lenin”.
Vista desde fuera, la desintegración del sistema soviético podría parecer sorpresiva, pero en realidad la tasa de crecimiento económico del país había ido declinando desde 1950. El deterioro económico del país en los 90 era tal que al asumir el poder la prioridad de Mijaíl Gorbachov fue establecer un programa de reestructuración económica conocido como perestroika, y una liberalización o apertura política conocida como glasnost.
La carga fue excesiva y el régimen soviético implosionó. La economía no mejoró, el sistema represivo interno se debilitó, la burocracia soviética no supo implementar la perestroika y el glasnost, y el imperio se desmoronó al deshacerse la Unión Soviética e independizarse los países satélites europeos.
Hoy, el líder chino Xi Jinping intenta recuperar el prestigio del Partido Comunista y del leninismo presentándose como ejemplo ante el mundo. China es ya un gigante económico, es la tercera más grande fuente de inversión extranjera directa en el exterior, el mayor país exportador del mundo y uno de los importadores más dinámicos. En la base de su política exterior está la construcción de una nueva “Ruta de Seda” que pasaría por Europa, Asia, África y América Latina. Y ahora que la relación de América Latina con Estados Unidos se ve más incierta que nunca, la conexión china adquiere mayor relevancia. Y para muestra basta un botón. Dos bancos de desarrollo chinos proveen más financiamiento anual para el desarrollo de América Latina que el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y la Corporación Andina de Fomento ¡combinados!
La política de “cooperación de conocimiento” entre China y América Latina lleva una década y se ha avanzado enormemente en las relaciones bilaterales de China con Argentina, Brasil, Chile, Cuba, México, Panamá y Venezuela. Pero el socialismo leninista que Xi ofrece como alternativa a los países del tercer mundo establecer la primacía del Partido Comunista en las decisiones sobre la economía y eso significaría un imperdonable retroceso democrático en la región.
Si en la década de lo 1960, la revolución cubana le abrió las puertas de América Latina a los soviéticos con el pavoroso saldo que todos conocemos, ¿Está América Latina en el umbral de un nuevo sistema socialista económico tipo chino o ante una repetición del desastroso totalitarismo leninista soviético de lo 1960?
