VENEZUELA

Dejar de cavar

Los tormentosos años 60 y 70 revelaron a contrapelo la incubación de un enorme potencial de cambio en muchas regiones del planeta y ratificaron la inexistencia en el diccionario de la política de las palabras “nunca”, “imposible”, “jamás”. Estados Unidos redoblaba su esfuerzo militar en Vietnam sin advertir la proximidad de ese momento de los conflictos en que el desenlace se pierde en la bruma: nadie gana, todos pierden. El inconveniente de mantener la guerra en tales condiciones supone un desgaste irreparable incluso en términos de respaldo de la opinión pública, esos terceros que nos miran y van incidiendo en el resultado. Más urnas cubiertas con la bandera y más numerosas y audaces protestas, sin poder oponerles la compensación de un triunfo cercano o convincente.

No dudo de la sinceridad que anima las pugnas internas en la disidencia venezolana. El ardor fantasea certezas y la exhibición maximalista puede usarse según fluctuaciones estratégicas. A fines de la década de 1920, se preguntaba Ortega y Gasset por qué, siendo la política tan necesaria para la humanidad, tenía tan mala prensa. He citado su pertinente respuesta, vertida en España invertebrada y La rebelión de las masas, pero si me permite el ilustre ensayista-filósofo, acotaré que las emociones se vuelcan contra política y políticos por la frustración del éxito no alcanzado, que atribuyen, con razón y sin ella, a los líderes colocados en el timón, pues en hora de pasiones la razón no se escucha.

Les reprochan que acepten participar en elecciones bajo regímenes de fuerza. Pero en esto no hay reglas únicas. Los ejemplos abundan contra quienes opinan que aun en dictaduras se debe votar, y contra quienes juran que ningún dictador, “más si es comunista”, entrega pacíficamente el poder. Recordemos al comunista Jaruzelski en Polonia y el indescifrable Nicolás Maduro del 20 de mayo. Lech Walesa cedió al Partido Comunista la virtual propiedad del Senado a conciencia de que el país entendería cada uno de sus virajes. En diputados, Walesa logró todo y el Partido Comunista Polaco, nada. Jaruselsky no lo soportó y renunció (...) pacíficamente.

La inconveniencia de votar el 20 de mayo en Venezuela pareció confirmada con la vehemente protesta de Henri Falcón, candidato opositor que decidió participar. En cambio, una oleada de países desconoció la legalidad de esa consulta y solo reconocerá a Maduro hasta el 10 de enero de 2019, cuando vence el lapso constitucional. Insisto: se participará o no en elecciones fraudulentas según lo aconseje el juicio político, el mejor llamado a proponer lo que proceda, luego de analizar pros y contras.

Hoy tiende a imponerse la razón. Se desvanece el “nunca”, “imposible”, “jamás” de la perpetuación. Cobraba inusitado prestigio la invasión militar foránea. Se desconfiaba de quienes no asumieran el silogismo “libertad-bayonetas externas”. Pero el éxito derivado de sumar protesta interna y conmovedora solidaridad universal será lo que “nunca”, “imposible”, “jamás” olvidaremos.

La decisión europea y americana de hacer suya la causa de Venezuela y pedir unidad de acción a la disidencia palpitante fuera y dentro del oficialismo, muestra que la fuerza está aquí, no allá, motivo por el cual puede esperarse un cambio de sistema con justicia, sin venganza ni sangre vertida.

Bill Clinton –a su juicio escritor prestado a la política y al mío, político prestado a la literatura– escribió en su obra Mi vida algo que concierne a esta Latinoamérica en el ocaso del socialismo del siglo XXI: “En política, cuando estás metido en un agujero, la primera regla es dejar de cavar”.

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