Sería irónico que el aislacionista Donald Trump atacara preventivamente a Norcorea, pero existe una alta probabilidad de que eso ocurra. Él mismo lo ha dicho. En abril envió al vecindario coreano un portaaviones y los barcos de guerra que lo acompañan. No obstante, durante la campaña electoral llegó a afirmar que Surcorea y Japón tenían fuerzas y recursos suficientes, incluso para desarrollar armas nucleares para defenderse. No necesitaban el respaldo de Estados Unidos en un presunto enfrentamiento con Pionyang.
Desde 1796, año del discurso de despedida de George Washington, en la sociedad estadounidense existe una clara tendencia a evitar los conflictos bélicos que no atañen directamente a la seguridad de Estados Unidos. Frente a ella están quienes proclaman el “excepcionalismo” estadounidense. USA ha surgido –dicen- para defender la libertad en el mundo. No es una nación, proclaman, como las demás. Ahí se inscriben desde Thomas Jefferson hasta John F. Kennedy.
Trump argumentaba contra la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán (como había hecho Obama), y ha terminado por aumentar el número de soldados en ese territorio arisco e imposible.
El problema es la tenencia de armas nucleares. Corea del Norte las tiene. Las ha fabricado pacientemente. Posee 20 o 30, de acuerdo con los servicios de inteligencia, y hoy continúa produciéndolas al ritmo de 5 o 6 todos los años junto con una cohetería cada vez más precisa y poderosa. Si Estados Unidos retira su paraguas militar, Japón y Corea del Sur desarrollarán bombas atómicas. Tienen la tecnología y la economía para fabricarlas. En ese caso, no es descartable que Taiwán las construya.
Norcorea decidió adquirir las armas nucleares en la década de 1950, cuando Harry S. Truman, en medio de la guerra coreana, amenazó con utilizarlas si los comunistas no se avenían al armisticio. Primero Kim Il-sung, abuelo del gordito homicida que hoy manda en el país, le pidió ayuda a Mao para crear su armamento, pero este se negó de plano. Entonces, llamó a las puertas del Kremlin. Con esa ayuda, en medio de la disputa sino-soviética, inauguró su primer reactor en 1964.
Ya no era posible evitar la proliferación de armas nucleares. Primero fue USA durante la Segunda Guerra Mundial. Luego la URSS, cuyo espionaje se apoderó del know how de Estados Unidos. Luego siguieron China, Inglaterra y Francia. Francia contribuyó con Israel, dado que ingleses y estadounidenses les negaron su ayuda al Estado judío.
Hasta ahora, las armas nucleares han servido como un elemento disuasor contra los ataques. Si Ucrania hubiera mantenido las que heredaba de la etapa soviética, si no se las hubiese entregado a Moscú por medio del Pacto de Budapest, firmado a mediados de los años de 1990 con la “garantía” de EU y el Reino Unido, no habría perdido la Crimea y los rusos no estarían alimentando el separatismo en la zona este del país. En 1994, Ucrania poseía la tercera fuerza nuclear del planeta: 5 mil bombas, 176 misiles de largo alcance y 44 aviones bombarderos capaces de transportarlas.
¿Cuánto tiempo falta para que Irán tenga sus bombas atómicas? Tras ese país seguirán Turquía, Arabia Saudita y Egipto. (Libia estaba en tratos con Pakistán cuando surgió la Primavera Árabe que le costó la vida a Gadafi).
¿Y cuánto tiempo necesitarán los terroristas para poseer una carga nuclear táctica, cuyo tamaño es algo más que el de una mochila, capaz de borrar del mapa cualquier ciudad del planeta, matando a millones de personas en un estallido luminoso y fugaz? Tras el fin de la URSS desaparecieron de los arsenales soviéticos dos de ellas y nunca se supo si fue un problema de contabilidad, porque nunca existieron, o si algún grupo o persona las sustrajo.
Trump está hoy deshojando la margarita coreana. ¿Ataco o no ataco? ¿Lo hago con armas convencionales saturando a Norcorea de dinamita y napalm, o recurro a los misiles nucleares y abro la caja de Pandora? ¿Acaso lo preferible es rugir por tuit y no hacer nada, trazando inútiles líneas rojas imaginarias? Todo parecía tan claro y fácil cuando era un ciudadano, como tantos, aislacionista. Pero todo se ve tan diferente cuando estás en el salón oval de la Casa Blanca abrumado por la realidad. No es lo mismo el violín que la guitarra, dicen los españoles. Tienen razón.
El autor es periodista y escritor
