El teru–teru o tero es una ave nativa de América del Sur. No las hay en Europa. Sin embargo los europeos siguen una conducta similar a la del tero, que pone los huevos en un lado y canta en otro.
Ese comportamiento de esta elegante ave que canta, grita y hasta se echa lejos del nido tiene como único propósito proteger su huevos o sus pichones de intrusos, enemigos y depredadores. Es una forma de engaño, una especie de doble discurso, pero se trata solo de un mecanismo de legítima defensa. Los Gobiernos europeos y la propia comunidad usan cada vez más seguido el doble discurso y también, como el teru–teru cantan lejos del nido. En este caso es un engaño con el que buscan justificarse, y muchas veces defender lo indefendible.
Hace unos días un locutor de la televisión española anunció, si no con orgullo sí con notoria satisfacción casi ufanándose, que los hispanos han pasado a ser la minoría mayor en los Estados Unidos de Norteamérica y que suman 45 millones. Hubiera sido bueno algún comentario o reflexión extra; por ejemplo que si en Estados Unidos, aun con muros, razzias y deportaciones, hubieran seguido la política inmigratoria de los europeos, particularmente los españoles e italianos, jamás los hispanos podrían haber llegado a representar algo entre los estadounidenses.
España, gobierne Aznar o Rodríguez Zapatero, es ferviente defensora del endurecimiento de las normas comunitarias para frenar ingresos y proceder a las expulsiones de extranjeros. En los últimos tres años se estima que cerca de 400 mil inmigrantes han sido deportados por España. Pero además, es en los aeropuertos de la Madre Patria, donde el control para el ingreso de latinoamericanos es casi paranoico. Es parecido en Italia, pero ni cerca en Francia, Alemania, Inglaterra y otros. Los españoles, incluso cuando uno va en tránsito pero es la primera puerta, son porteros exigentes y aplican las normas al pie de la letra, más que en ningún otro lado. Allí se exige llevar una abultada suma de dinero, un seguro de salud superior al previsto en cualquier tarjeta de crédito internacional, reserva de hoteles, pasajes de vuelta, por supuesto. Muchos viajeros son devueltos desde el mismo aeropuerto.
Leo en un diario uruguayo, en un artículo sobre la reunión de Lima de jefes de Estados de la Unión Europea y América Latina, que las relaciones entre ambos mundos en materia de "asociaciones" comerciales y económicas no van bien, porque los europeos imponen "códigos de conducta en materia de derechos humanos". Es extraño, porque en el mismo medio también leo que asumió Berlusconi en Italia y que "comenzó la caza a inmigrantes y gitanos", tarea que sin duda tiene muy poco que ver con el respeto a los derechos humanos. Organizaciones sociales y religiosas protestan y el comisario europeo para los Derechos Humanos, hablo de prejuicios, pero que quizá no sea más que el grito del teru–teru.
Mientras tanto Rodríguez Zapatero se esfuerza para que la Unión Europea le abra las puertas de par en par a Cuba y los hermanos Castro, uno de los regímenes más violatorios de los derechos humanos del orbe, y parece que busca "hacer las paces", durante la cumbre de Lima con Chávez, el amigo de las FARC. Por el otro lado grita contra la ETA.
Parece broma que sean precisamente España e Italia los más celosos custodios de sus porteras y los más duros gendarmes contra los extranjeros. Ellos que cuando la mala se repartieron por toda América. Peor todavía es su actitud con los que van de América Latina, que no solo son familia directa, sino que proceden de donde en su momento fueron acogidos sin problemas todos los que emigraron desde ambas penínsulas, mientras al resto, los que se quedaron, a los padres, abuelos y bisabuelos de los de hoy, le mandaron trigo y otro alimentos para que no se murieran de hambre.
Ni memoriosos ni agradecidos. Pero por lo menos que lo admitan y que no hagan como el teru–teru ni hagan gárgaras con el tema de los derechos humanos.
