La condena y encarcelamiento de David Irving por haber dicho que el holocausto no existió no pudieron haber sucedido en peor momento. Como se da después de la muerte de al menos 30 personas en Siria, Líbano, Afganistán, Libia, Nigeria y otros países islámicos durante las protestas por las caricaturas que ridiculizaban a Mahoma, el veredicto contra Irving hace que el argumento de que en los países democráticos la libertad de expresión es un derecho básico sea una burla.
No podemos sostener congruentemente que los caricaturistas tienen derecho a burlarse de las figuras religiosas pero que debería ser delito negar que el holocausto existió. Creo que debemos apoyar la libertad de expresión. Y eso significa que David Irving debería ser liberado.
Antes de que me acusen de no entender la susceptibilidad de las víctimas del holocausto o la naturaleza del antisemitismo austriaco, debo decirles que soy hijo de judíos austriacos. Mis padres escaparon de Austria a tiempo pero mis abuelos no.
Todos mis abuelos fueron enviados a guetos en Polonia y Checoslovaquia. Dos de ellos fueron enviados a Lodz, en Polonia, y probablemente fueron asesinados con monóxido de carbono en el campo de exterminación de Chelmno. Uno de ellos enfermó y murió en el gueto sobrepoblado y mal alimentado de Theresienstadt. Mi abuela materna fue la única sobreviviente.
Por ello no apruebo la negación absurda del holocausto que hace David Irving —que ahora dice que fue un error. Apoyo cualquier esfuerzo que impida el regreso del nazismo a Austria o a cualquier otra parte. Pero ¿de qué manera sirve a la causa de la verdad el prohibir que se niegue el holocausto? Si todavía hay personas lo suficientemente locas para negar el holocausto, ¿se les podrá convencer encarcelando a gente que expresa esa opinión? Al contrario, muy probablemente pensarán que se encarcela a las personas que expresan opiniones que no puede refutarse únicamente con evidencias y argumentos.
En su defensa clásica de la libertad de expresión en Sobre la libertad, John Stuart Mill escribió que si una opinión no "se discute del todo, frecuentemente y sin temor", se convierte en un "dogma muerto y no en una verdad viviente". La existencia del holocausto debe seguir siendo una verdad viviente y se debe confrontar a los escépticos de la inmensidad de las atrocidades nazis con las evidencias al respecto.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando la república austriaca luchaba por establecerse como una democracia, era razonable, como una medida temporal de urgencia, que los demócratas austriacos reprimieran la propaganda y las ideas nazis. Pero ese peligro ya pasó hace mucho. Austria es una democracia y miembro de la Unión Europea. A pesar del resurgimiento ocasional de opiniones antiinmigrantes e incluso racistas —suceso que lamentablemente no se limita a los países con un pasado fascista— el regreso del nazismo a Austria ya no es una amenaza seria.
En contraste, la libertad de expresión es esencial en los regímenes democráticos y debe incluir la libertad de decir lo que todos los demás crean que es falso, e incluso lo que mucha gente encuentre ofensivo. Debemos tener la libertad de negar la existencia de Dios y de criticar las enseñanzas de Jesús, Moisés, Mahoma y Buda que aparecen en los textos considerados como sagrados por millones de personas. Sin esa libertad, el progreso humano siempre se estrellará contra un obstáculo básico.
El artículo 10 del Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales establece que: "Todo individuo tiene derecho a la libertad de expresión. Este derecho incluye la libertad de sostener opiniones y recibir e impartir informaciones e ideas sin la intervención de la autoridad pública y sin distinción de fronteras".
Para ser congruente con esa clara afirmación —y sin las calificaciones vagas del artículo 11, que amenazan con privarlo de sentido— Austria debería revocar su ley contra la negación del holocausto. Otros países europeos con leyes similares —por ejemplo, Alemania, Francia, Italia y Polonia— deberían hacerlo también y mantener o fortalecer al mismo tiempo sus esfuerzos para informar a los ciudadanos sobre la realidad del holocausto y por qué se debe rechazar la ideología racista que lo produjo.
Las leyes contra la incitación al odio racial, religioso o étnico, en circunstancias en las que esa incitación tiene por objetivo conducir a la violencia y otros actos criminales —y se puede prever razonablemente que lo haga— son distintas y son compatibles con mantener la libertad para expresar cualquier opinión.
Sólo cuando se haya liberado a David Irving podrán los europeos decir a los musulmanes que están protestando: "Aplicamos por igual el principio de libertad de expresión ya sea que ofenda a los musulmanes, a los cristianos, a los judíos o a quien sea".
