[VENEZUELA]

Sobre las antígonas criollas (II)

El tema es álgido en cuanto al fondo y ocupa a la mesa global, bajo pugna abierta. Cada sociedad o cada parte de esta en sociedades pulverizadas como la nuestra, tiene, entonces, el deber de hacerse el planteamiento moral. De encontrarle una respuesta ética, si el compromiso que se tiene es devolverle el sentido a la política y a la misma democracia durante el siglo que ya corre presuroso.

Papa Ratzinger, quien actualiza el debate sobre Razón y Fe con motivo del que sostuviese con Jürgen Habermas, ante la interrogante de este sobre si las constituciones escritas se bastan a sí, con sus fardos de normas prescriptivas, para resolver todos los problemas, desde antes de ser electo como Cardenal responde lapidario. Apela, para sorpresa de no pocos, a lo afirmado por la misma Ilustración en la antesala de nuestras repúblicas modernas: “Las normas morales esenciales… [son] válidas etsi Deus non daretur, incluso en el caso de que Dios no existiera…. [pues de] este modo se quisieron asegurar los fundamentos de la convivencia y, más en general, los fundamentos de la humanidad. En aquel entonces, pareció que era posible, pues las grandes convicciones de fondo surgidas del cristianismo en gran parte resistían y parecían innegables. Pero ahora ya no es así”, se lamenta el pontífice que renunciara luego.

No huelga, por ende, con vistas a ese “ahora ya no es así”, recordar que para David Hume (1711-1776), historiador escocés, el bien y el mal, lo valioso o despreciable, lo correcto o incorrecto, se reduce a un mero sentimiento humano; lo que ahora es propio de narcisismo digital en boga. De allí que la valoración negativa que acerca de la dictadura en Venezuela tiene la comunidad internacional, consciente de que resume todas las perversidades posibles –corrupción, peculado, drogas, terrorismo, sadismo político y policial-, algunos actores la morigeren como “realidad política”.

De modo que, en el esfuerzo por darle contenido a la ética en la política dentro de un contexto a redescubrir, el de la moral democrática, vale el consejo de Ronald Dworkin en su Justicia para erizos: Se “requiere trazar en la ética una distinción que es conocida en la moral: una distinción entre el deber y la consecuencia, entre lo correcto y lo bueno. Deberíamos distinguir entre vivir bien y tener una vida buena…. [y] vivir bien significa – para Dworkin - bregar por crear una vida buena, sujeta a las restricciones esenciales para la dignidad humana” y en procura, no siempre alcanzable por perfectible, de la vida buena.


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