Cada generación tiene en su historia una guerra, más o menos dramática, más o menos larga, que irrumpe en su evolución, la retuerce, a veces incluso la detiene, y que marca su futuro sin remedio. No es necesario que sea un conflicto armado, aunque en ocasiones lo ha sido o lo es; basta con que se presenten circunstancias adversas, extrañas y poderosas que atañen a la mayoría y a las que es preciso combatir.
Si son los jóvenes los que sufren su influjo con más crudeza es porque están a medio camino entre la niñez y la madurez, es decir, en un período de formación o incluso en los inicios del desempeño profesional que debería servir de fundamento sólido de futuro y que la contienda, del tipo que sea, entorpece.
La de nuestros padres, cuyos hijos somos ya abuelos en la mayoría de los casos, fue la guerra civil española, una de verdad, en toda regla, que definió su carácter y su conducta. Los que se quedaron nos transmitieron sin proponérselo, porque era más fuerte que ellos, el miedo que llevaban en las venas. Miedo a la protesta que podía devenir en cosas peores, en otra guerra, por ejemplo, y miedo al hambre, a la escasez, a la violencia, a la palabra, a la expresión libre, a la traición del vecino, a la delación. Una existencia que rayaba en lo precario, vivida con cautela y dentro de los límites que la experiencia les había impuesto. Los que se fueron, arrastraron para siempre la cruz del desarraigo y de la nostalgia.
Sin embargo, el tiempo fue pasando y con él las nuevas generaciones perdieron miedo y nostalgia y volvió a surgir algo parecido a la ilusión. Aun así, tuvimos también nuestra guerra. A los que fuimos jóvenes en los 60 y 70, la de nuestros padres nos aburría, o quizá no queríamos mirar atrás, y luchamos contra la dictadura y a favor de la libertad. Los hijos de los exiliados, por su parte, sentían suya la patria adoptada por sus mayores y emprendieron por ella otras batallas. Todos, los de aquí y los de allá, tuvimos que librarnos de otra cadena, la de los prejuicios que los padres nos mostraban como principios inamovibles y que una vez vistos a la luz de los nuevos tiempos, se desinflaron como globos agujereados. Resultó ser que el sexo no servía solo para procrear, sino que era fuente de vida y placer y expresión de amor, y que el conocimiento tenía una aliada fiel: la ciencia. Resultó también que el terruño no era el lugar más hermoso del mundo; había otros paisajes bellos allá fuera que había que descubrir, como otras culturas y otras gentes con las que valía la pena compartir y que nos hablaban en otros idiomas que quisimos aprender.
Las generaciones de los 80 y de los 90 tuvieron dos enemigos fieros: la droga y el sida, que atacaron por sorpresa, sin que los jóvenes estuvieran preparados para repelerlos y que destruyeron familias y vidas. Gozaron también, que todo hay que decirlo, de una sociedad en franco progreso, que nos habíamos empeñado en procurarles los que para entonces estábamos a cargo de su sustento: queríamos evitarles nuestros desaciertos y, sobre todo, nuestras carencias. Dicen que tal vez les dimos demasiado, pero me parece un prejuicio más. Una forma injusta de generalizar. El caso es que, bien o mal formados, a nuestros hijos y acaso a nuestros nietos mayores, se les ha venido encima otra guerra, que es suya, pero que sufrimos como propia, de la que no son en absoluto responsables. Los han metido en ella los de siempre: los políticos, los poderosos, los corruptos y la ambición. La guerra de la crisis. No hay bombas ni ejércitos en liza, pero hay desempleo, desilusión, destrucción de derechos que nuestro trabajo nos costó alcanzar, escasos presupuestos para educación, ciencia y cultura, y frente a ellos, un camino pedregoso.
La historia se repite. Nos parecía que estábamos a punto de llegar a la cima, y tras el descalabro del sistema en el que creíamos, hay que volver a empezar.