Se me ha ocurrido hacer un álbum de fotos un tanto particular. Son fotografías viejas, de esas que andaban rodando de caja en caja en las casas de la familia. No he querido retocarlas ni reproducirlas porque me gustan como están, incluso aquellas que se rajaron y alguien las unió con cinta adhesiva. En una de ellas la cinta se ha corrido y la expresión de mi hermano es un poco picasiana… En total, no tengo para ese álbum más de 40, pero ordenadas cronológicamente cuentan con bastante fidelidad mi infancia y mi adolescencia, y he actualizado en la memoria los rostros de los personajes que las alumbraron. Y de más está decir que reflejan no ya el paso del tiempo sino los estragos que el tiempo iba haciendo en cada uno.
El escaso número me ha permitido manejarlas con soltura y recrear momentos olvidados a nivel consciente. Son casi todas en blanco y negro, y muchas, de estudio. Aquello de vestirse y dejarse peinar las trenzas –un suplicio- y caminar todos juntos a casa del fotógrafo era una novedad. Allí, el profesional nos colocaba: los pequeños al lado de los padres, sentados, y los mayores de pie, detrás, por lo de la altura. Eran épocas en que lo de la sonrisa forzada no estaba de moda, y nadie decía güisqui ni cosas por el estilo. Por tanto, la seriedad es una constante en la expresión, igual que en las instantáneas que algún adelantado poseedor de una cámara sacaba en los paseos.
El álbum solo tiene valor para mí, al menos eso creía, pero mis hijos y sobrinos andan ahora en la edad en que han descubierto que sus padres fueron una vez jóvenes, incluso niños, quién lo diría, y que detrás de esas fotografías hay historias y quieren saberlo todo. “¿Quién es esa señora tan guapa?”, pregunta alguno. “A ver”, respondo, “Ah, sí, una novia que tuvo tu tío, pero terminaron, y no era una señora, sino una chica joven, aquí tendría la edad que tú tienes ahora”, y una desvía la conversación, a pesar de que las interrogantes caen como meteoritos. No se puede evitar un cierto pudor al hablar con los jóvenes de los amores de juventud, pero van descubriendo que los mayores de la familia han tenido una vida antes de que su generación llegara al mundo y nos ocupara el tiempo entero.
Evidentemente se trata de fotografías domésticas. No tienen valor artístico. Eso es otra cosa. Ni tampoco son aquellas que marcaron un hito: la foto del Che de Korda, la de Marilyn de falda volandera o, para los panameños, la de Noriega con el número de preso en el pecho o la de Ricardo Arias Calderón con los brazos abiertos enfrentado a los doberman. Y menos aún son las fotos que removieron nuestras conciencias: la del joven frente a los tanques en la Plaza de Tiananmen, la de Omayra presa del lodo tras la erupción del Nevado del Ruiz, la de la niña sudanesa acechada por un buitre, o la de los niños vietnamitas que huyen de la bomba de napalm.
Hay fotos que impresionan por su belleza y otras por lo que representan. Las de mi álbum tienen éxito porque sugieren misterios familiares que los jóvenes quieren conocer. A lo mejor un día me voy de la lengua y se lo cuento todo. Quizás así terminen por conocer nuestro lado más humano.
Me llama la atención su curiosidad. Son dueños de cámaras digitales, de aparatos de video sofisticados, de celulares con los que hacer y enviar fotografías en y desde cualquier lugar, y de computadoras que le traen el mundo a su escritorio. Pertenecen a una generación instruida en los métodos audio visuales, en la fotocomposición, y hablan de píxeles y de kilobytes con una propiedad asombrosa, pero les gusta mi álbum. Tal vez intuyen que la toma de cada una de esas fotografías fue un acontecimiento y que en ellas está también parte de su historia.
La fotografía era oficio de artistas, de reporteros o de aficionados que ponían lo mejor de sí en el intento. Con la evolución a las cámaras digitales, la fotografía se ha popularizado hasta tal punto, que cualquiera, aparato en ristre, capta el entorno sin discriminación y sin arte. Y lo que es peor, subutilizando tan prodigioso artefacto. No me parece mal. Lo que sí me lo parece es que pretendan que yo vea de un solo tiro las 600 fotos que hicieron en su viaje a Egipto o a la Rivera Maya. Por eso, muestro mi disposición a verlas, pero solicito previamente que me hagan una selección de las mejores y más significativas para disfrutarlas. A veces lo consigo. Y de paso, facilitan la tarea a las generaciones venideras.
La autora es filóloga
