Gigantesca marcha negra corre sobre los lomos del Catatumbo, envenenando los peces, matando la flora y la fauna de las riberas y amenazando en su paso siniestro hasta el lago de Maracaibo.
Mirando aquella devastación nos vino a la mente lo ocurrido en aquel 23 de marzo de 1989, cuando un buque petrolero de la Exxon, el Valdez, se estrelló en Alaska por culpa de un capitán beodo y de tres oficiales vencidos por el cansancio y el sueño. ¡Lo que fue aquel escándalo universal! No hubo Partido Verde, ni ONG ambiental, ni periódico, ni revista que no se ocupara de esa tragedia, que todavía hoy repercute en la conciencia de la opinión pública.
La indignación no tuvo límites y se calmó muy poco con las inversiones colosales de la Exxon para mitigar el impacto de ese derrame, y no bastó la condena que por 5 mil millones de dólares impusieron los jueces norteamericanos a esa compañía como pena compensatoria por los daños causados.
Pues tenemos, mis queridos amigos, que el vertimiento de la Exxon no llegó a 10 millones de galones de crudo, por supuesto cantidad enorme y catastrófica. El ELN, no por accidente, sino por infame canallada repetida centenares de veces con la intención dolosa de dañar, está llegando a derrames que montan 70 millones de galones, siete veces lo de aquel recordado desastre. ¡Siete veces!
Los daños ecológicos causados por esta pandilla no están medidos ni descritos. Exceden nuestra imaginación y superan nuestra capacidad de crítica. La nuestra. Porque no hay Partido Verde que proteste, ni ONG que se queje, ni opinión pública que se conmueva. Al contrario, todos parecen muy felices con el desenlace: estos criminales van a ser descaradamente premiados por el gobierno de Juan Manuel Santos. La Academia Sueca pedirá a Gabino para premiarlo con otro Nobel y se lamentará que no esté vivo el cura Pérez para subirlo a los altares de la admiración universal.
Para impedir que los abnegados servidores de Ecopetrol obren con presteza y mitiguen cada una de esas afrentas a la naturaleza, el ELN se ha cuidado de minar los alrededores de sus ataques. El último cálculo, que debe ser conservador, habla de 750 personas destrozadas por esas bombas tan diestramente sembradas.
En Machuca, en un acto parecido cometido sobre otro oleoducto, el ELN dejó 84 personas calcinadas y 30 más con gravísimas quemaduras. Se pierde en la memoria adolorida del país el número de secuestrados, rescatados como en las épocas de los piratas del Mediterráneo, o asesinados sin compasión. Los policías y soldados emboscados, heridos y muertos no caben en ninguna estadística. Los colombianos asesinados a mansalva suman millares, algunos tan ilustres como el obispo beato Jaramillo, sin quien los recuerde ni los llore. Y para concluir esta remembranza adolorida, el ELN está dedicado, en jornada continua, al lucrativo negocio de la cocaína.
El ELN comenzará por donde terminaron las FARC. Ni un día de cárcel, por supuesto; de extradición a Estados Unidos ni hablar; de indemnizaciones a las víctimas, que equivalgan a reconocer errores en su lucha sacrosanta; de remuneración a sus “combatientes”, nada menor que a los otros; curules gratuitas a discreción y ni una menos de 20 emisoras FM para educar al país.
Ese será el comienzo. Porque a partir de ahí, ya lo han dicho, a discutir lo que interesa. El diseño social y económico de esta Colombia perversa, que no ha hecho hasta ahora nada suficiente para merecer semejantes campeones de la justicia, la democracia y la paz. El nuevo modelo se pondrá sobre la mesa para que Juan Camilo Restrepo y “Coca” Naranjo lo negocien a nombre de los 49 millones de imbéciles que nos dejamos montar la comedia. Y después, para qué plebiscito cuando se sabe lo que con los plebiscitos pasa. Un Congreso abyecto cambiará la Constitución con el aplauso de la mayoría de la Corte Constitucional. Para eso los elegimos, les recordará Santos.
Debemos confesar cierta curiosidad malsana. ¿Qué se les ocurrirá a estos canallas del ELN para proponer? Desde luego que irán más lejos que las FARC. ¿Pero cuántos y por dónde vendrán los tiros? Nadie sabe. En la mente de los criminales cabe cualquier cosa. Y en la cobardía de los cobardes, cualquier otra.
El autor es Abogado y exministro del Gabinete de Álvaro Uribe
