[MADURO]

El nuevo 18 Brumario ( parte I)

Dice Karl Marx que Hegel dice en alguna parte que todos los grandes sucesos y personajes de la historia universal se repiten, como si dijéramos, dos veces. “Pero”, apostilla el panfletario renano, “Hegel se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”.

La frase da comienzo a un célebre ensayo sobre el golpe de Estado de 1851 en Francia, que Marx tituló El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en alusión a la fecha en la que, medio siglo antes, el otro Napoleón, “el de verdad”, había alcanzado el poder supremo. La esencia del libro consistía en demostrar que la dictadura del sobrino era un imperio de mentirita, una farsa burguesa sin gloria ni heroísmo, un pálido remedo del régimen impuesto por su tío en la estela de la revolución de 1789.

La descripción marxista del origen del Segundo Imperio francés le viene como anillo al dedo al golpe de Estado que Nicolás Maduro acaba de perpetrar en Venezuela el pasado 30 de julio. A pesar del lado trágico del asunto –los jóvenes manifestantes asesinados por la policía chavista y el riesgo de que el totalitarismo acogote definitivamente al país, con su secuela de muerte, prisión, miseria y exilio-- el suceso y el personaje tienen un aire innegable de gran guiñol, de mojiganga tropical en la que, en cualquier momento, los personajes pueden despojarse de sus disfraces y desaparecer.

Por lo pronto, la maniobra certifica la defunción del “socialismo del siglo XXI”, que tan cachondos ponía a algunos teóricos de la izquierda europea y estadounidense. Ese engendro, que Orwell seguramente hubiera abreviado con la sigla “socS21”, fue el invento de Hugo Chávez para dominar el país y perpetuarse en el poder, manteniendo al mismo tiempo una fachada de legitimidad democrática que invalidara a críticos y opositores. Mediante una combinación de autoritarismo, corrupción y trapicheo político, sabiamente engrasada con los dólares del petróleo y el narcotráfico, los revolucionarios bolivarianos obtendrían el control del Ejército, el Parlamento, la judicatura, la prensa, los sindicatos, la Iglesia y las demás agrupaciones de la sociedad civil. La estructura institucional se mantendría en pie, aunque vacía de contenido, como una escenografía de cartón piedra. El ejecutivo dispondría de una autoridad ilimitada e indefinida; los derechos y las libertades garantizados en la Constitución se volverían papel mojado. Y todo se lograría sin ejecutar ni encarcelar a demasiada gente, en contraste con lo que había ocurrido en Cuba medio siglo antes.

El autor es vicepresidente de la Internacional Liberal.


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