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[LEGALIZACIÓN DE LA MARIHUANA]

Un peligroso camino

Con la legalización de la droga, la Policía de California carece de los instrumentos legales para determinar qué cantidad de THC en la sangre incapacita a una persona para conducir un auto.

Un peligroso camino
Un peligroso camino

Mientras cenábamos en familia para despedir el año viejo en uno de nuestros restaurantes favoritos en el sur de California, notamos que el mesero, un joven de menos de 30 años, se mostraba atento, distraído, efusivo y confuso. Era tan errática su conducta que mi nieto, de 16 años, me preguntó, “abuelo, ¿qué le pasa al mesero?”.

Cuando el joven se acercó para servirme un plato, noté que sus ojos rojos y desorbitados mostraban inequívocamente que estaba bajo los efectos de la marihuana. “Está drogado”, le contesté. Ninguno de mis nietos se sorprendió, pero el comentario de mi nieta, de 12 años, fue para mí un golpe de realidad no exento de temor, “mañana va a ser legal fumar marihuana en el estado”.

Minutos después, cuando el mesero se acercó a mi para llenar mi copa de vino le pedí que no lo hiciera. No podía arriesgarme a que me sorprendiera la Policía manejando después de beber dos copas de vino con mi cena, porque las consecuencias serían atroces: arresto, encarcelamiento temporal, multa económica sustantiva, suspensión de mi licencia de conducir por seis meses y un aumento considerable a mi seguro de auto.

Luego pensé, ¿y si la Policía detiene al mesero manejando drogado qué le pasaría? Probablemente nada. En California, ya con la legalización de la droga encima, la Policía carece de los instrumentos legales necesarios para determinar qué cantidad del THC de la marihuana en la sangre indica que esa persona está intoxicada e incapacitada para conducir. En Colorado, donde se legalizó el consumo de la droga hace cinco años, todavía sigue pendiente determinar qué niveles de THC, el principal ingrediente psicoactivo de la marihuana, incapacitan a una persona para conducir.

La enorme y absurda contradicción entre las leyes estatales que legalizan el consumo de la marihuana y las leyes federales que la consideran una substancia ilegal impide que se investigue adecuadamente las consecuencias y los efectos del uso de la droga y se promulguen las leyes necesarias para administrar el proceso.

Y esto es así a pesar de que el informe de la Academia de Ciencias publicado en enero de 2017 concluyó que existe “evidencia sustancial de que el uso de marihuana antes de conducir aumenta el riesgo de verse involucrado en un accidente, porque el consumo de la marihuana perjudica seriamente el juicio, la coordinación motora y la reacción temporal de los usuarios”.

El informe, basado en más de 10 mil casos estudiados por la Academia de Ciencias, encontró evidencia de que la marihuana causa problemas respiratorios, que existe un vínculo entre el uso frecuente de marihuana y la esquizofrenia; que las mujeres que fumaron marihuana durante el embarazo tienen mayor probabilidad de tener bebés con pesos de nacimiento más bajos. (En California una de cada cuatro madres han consumido la droga durante el embarazo).

Y si bien es cierto que la marihuana puede mitigar el dolor como si fuera un analgésico, la idea promovida por los negociantes de la droga de que la marihuana es inofensiva e incluso medicinal es un terrible engaño. Y si a esto le aunamos la percepción de algunos padres de familia de que la hierba es inocua porque ellos la fumaron hace 40 años y nada les pasó, el engaño es doble. El consenso entre usuarios y opositores a la legalización es que la marihuana actual no es la de ayer. El ingrediente activo, THC, es mucho más alto hoy que hace 40 años. Constatar que las autoridades han puesto en marcha la legalización sin estar preparadas para mitigar sus consecuencias evidencia su insensatez.

Lo lamentable para un abuelo como yo, es que en vez de que como sociedad estemos buscando fórmulas para reducir el consumo de drogas como lo han hecho en Islandia, (insertar link a El País) que en los últimos 20 años ha reducido radicalmente el consumo de tabaco, drogas y bebidas alcohólicas entre los jóvenes de 15 y 16 años. Entre 1998 y 2016, el consumo de alcohol bajó de 42% al 5%; el de marihuana del 17% al 7% y el del tabaco del 23% al 3%, en California y en Estados Unidos, no conformes con la tremenda crisis que vivimos por el consumo de opiáceos, heroína, cocaína, anfetaminas y otras drogas, se abren nuevas puertas para que la población se drogue con marihuana legal y abiertamente.

El  autor es catedrático de filosofía y escritor.


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