[MODELO LABORAL]

Nada tienen que perder más que sus cadenas

Trabajar para vivir, y no vivir para trabajar, es una decisión que radica en el beneficio económico, tanto de las empresas como de las personas.

Aumenta la productividad, disminuyen las bajas por enfermedad, mejoran la satisfacción laboral y la conciliación familiar, pero no es rentable. Es la conclusión del proyecto que reducía la jornada laboral a seis horas en la residencia para la tercera edad Svartedalens, en Gotemburgo, Suecia.

Las autoridades suecas han rechazado su generalización al sector público por su “inviabilidad económica”. Parece que si la economía no crece nos encontramos ante una tragedia.

Trabajar para vivir, y no vivir para trabajar, es una decisión que radica en el beneficio económico, tanto de las empresas, como de las personas. Para algunos la reducción de la jornada laboral puede mejorar la calidad de vida, en otros casos puede ser el punto de inflexión para buscar un nuevo trabajo. Pero la economía no es el único factor que determina el bienestar de una sociedad.

A menudo olvidamos que cuando compramos algo no lo compramos con dinero, sino con el tiempo de vida que necesitamos para conseguirlo, y si hay algo que no se puede comprar es la vida, afirmaba el expresidente uruguayo José Mujica.

En España, el gobierno presume del fin de la crisis tras la subida del PIB en los últimos años, mientras que la oenegé Oxfam Intermón señala un aumento de la desigualdad y una peor situación de las personas más vulnerables.

Hablar de recuperación económica, al tiempo que crece la desigualdad, es infravalorar la capacidad de transformación del ser humano en favor de un mundo más justo.

La crisis puede dejar de ser económica, pero aún será social, educativa o ecológica. Nadie quiere pobreza, miseria ni reivindicar justicia sin solidaridad. Nadie quiere una patria encerrada entre muros y alambradas. Nadie quiere personas capaces de comprometerse con ideales maravillosos, pero incapaces de superar ideologías.

No es modelo laboral para todos, sobre todo para aquellas personas que desean vivir por encima de sus necesidades. Pero sí puede ser un buen criterio para quienes comprenden que vivir con lo necesario no es hacer apología de la pobreza, demostrar la viabilidad de una sobriedad justa y equitativamente compartida.

Estas personas entienden, al igual que Mujica, que “es miserable gastar la vida para perder la libertad”. No todos necesitan comprar y tirar, formar parte de una sociedad de consumo en la que priman el despilfarro, la contaminación y la opresión social.

Allí donde la brecha entre ricos y pobres se hace cada vez más grande, el desarrollo produce personas y familias infelices, y esto genera multitudes que no tienen más oportunidad que abandonar sus tierras y ambiente, o morirse en la más inhumana miseria.


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