[TAILANDIA]

La prima misionera del papa

Dice Ana Rosa que él no era un orador deslumbrante, era muy aburrido, todo lo contrario que ahora: sus palabras son realmente profundas. Su abuelo era hermano del abuelo del papa.

A sus 75 años, sor Ana Rosa no se desplazará de Bangkok a Rangún para asistir a la primera visita de un papa a Birmania. Pero seguirá de cerca los pasos de este primo segundo que recuerda “tímido” y que se convirtió en jefe de la Iglesia católica.

“Es el momento adecuado para venir a Asia. Birmania y Bangladés están en conflicto. Su objetivo es alentar a la gente, construir un puente de paz”, explicó en tailandés a la AFP Ana Rosa Sivori, monja misionera argentina que lleva más de 50 años en Tailandia, un país con una gran mayoría budista como la vecina Birmania.

La religiosa no duda en hablar de la crisis de los rohinyás, una minoría musulmana cuyos miembros huyen por cientos de miles de Birmania hacia el vecino Bangladés.

Su primo, el papa Francisco, se refiere también de una forma muy directa al drama de esta minoría que según la ONU es víctima de “limpieza étnica” por parte de las fuerzas armadas de Birmania, lo que incomoda a la Iglesia católica de ese país.

Los católicos birmanos temen que el Santo Padre haga alusión, ante sus anfitriones birmanos -como la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, con la que se reunirá el martes- a sus hermanos rohinyás. Este es un término tabú en Birmania, donde reina un fuerte nacionalismo budista y antimusulmán.

“No tiene miedo de decir ‘Tendrían que cuidar de esta gente”, asegura sor Ana Rosa, que tiene esperanza de que Francisco aborde el trato que recibe esta minoría perseguida.

Unas 200 mil personas deberían asistir a la misa que el papa Francisco celebrará el próximo miércoles en Rangún, la capital económica del país.

La misionera seguirá la ceremonia por televisión en la escuela católica para niñas que dirige en Nakhon Pathom, en la periferia de Bangkok.

No le ofende que su primo no tenga tiempo para verla durante su gira asiática. “Viene por el pueblo de Birmania, no por nosotros”, asegura la enérgica anciana.

La misionera sonríe al recordar al joven sacerdote bonaerense Jorge Mario Bergoglio, que según ella no era un orador deslumbrante. “Lo encontraba muy aburrido”, cuenta rememorando una misa en los años 1990. Todo lo contrario que ahora: hoy “sus palabras son realmente profundas”, dice esta mujer, cuyo abuelo era hermano del abuelo del papa.

Su amplia sonrisa es también un nuevo rasgo de su personalidad, explica. “Era muy tímido, reservado. Antes no sonreía, ahora sonríe mucho, le gusta estar con la gente”.

Su parentesco con el papa le asegura un cierto aura entre su comunidad. Guarda cuidadosamente las cartas manuscritas que le escribe, con una letra minúscula, incluso desde que es papa.

Su última conversación en el Vaticano hace más de cuatro años fue amistosa y familiar, a pesar de los numerosos kilómetros que los separan.

“Me pregunté: ¿estoy hablando con el papa?”, dice con una carcajada.


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