[RACISMO]

La sinrazón de Trump

La lucha contra la discriminación racial en EU continuará porque hoy los atletas negros no toleran las humillaciones que el gran Jesse Owens tuvo que aceptar.

La sinrazón de Trump
La sinrazón de Trump

Este fin de semana fui al cine a ver Marshall, una película que narra la defensa que hicieron dos abogados, uno afroamericano, Thurgood Marshall, y otro judío, Samuel Friedman, de un chofer y mayordomo negro acusado de violar y secuestrar a su patrona, una mujer blanca, rica y educada.

Teniendo todo en su contra, Marshall y Friedman lograron demostrar la inocencia de su cliente en una corte de Greenwich, Connecticut, en el noreste de Estados Unidos, aun cuando el juez le impidió a Marshall hablar en el juicio. En esa época, como bien dijo el erudito historiador W.E.B. DuBois, “la diferencia entre el norte y el sur en materia de segregación (era), en gran medida, una diferencia de grado”.

Salí del cine pensando que el trasfondo de las batallas de Marshall contra el racismo sigue teniendo actualidad en el siglo XXI. Es cierto, sin duda, que el racismo que imperaba en Estados Unidos en los 40 (la historia que la película narra sucede en 1941), ha dejado de ser la ley de la tierra. Hoy no hay linchamientos de negros en los estados sureños como Alabama, Texas o Mississippi. Hoy los marineros no se divierten apaleando a jóvenes latinos vestidos en sus suit-zoot en Los Ángeles, bajo la mirada complaciente de la Policía. Hoy, los tribunales de justicia en gran parte del país no son deliberadamente racistas, aunque persisten los problemas de impartición de justicia por la mala representación legal a los pobres y a las minorías por todo el país.

También es cierto que ahora hay leyes que protegen a las personas de color de la discriminación abierta en temas de vivienda y trabajo, y, lo que es más importante, que ya existe por todo el país un sector enorme de la población que rechaza el racismo en todas sus manifestaciones.

Por desgracia, sin embargo, la repulsa de la mayoría sigue siendo insuficiente para erradicar esta plaga y los abusos no cesan. Tanto es así que hace un poco más de un año el quarterback de los 49ers de San Francisco, el afroamericano Colin Kaepernick, puso en riesgo su carrera protestando por la brutalidad policíaca contra su comunidad y la persistencia del racismo en todo el país, arrodillándose al oír las primeras notas del himno nacional y negándose a saludar la bandera. El valiente gesto de Kaepernick tuvo repercusiones. Por un lado, algunos de sus compañeros le acompañaron en la protesta; por el otro, Kaepernick no ha sido contratado para jugar fútbol por ningún equipo.

Su situación, sin embargo, podría cambiar gracias a uno de los arranques irracionales a los que nos tiene acostumbrados Donald Trump, quien para congraciarse con su base de votantes que esconden su racismo envolviéndose en la bandera nacional, insultó con palabras soeces a Kaepernick y a sus compañeros, instó a los propietarios de los equipos a que les despidieran, y exhortó a los aficionados a boicotear los partidos.

Afortunadamente, el tiro le salió por la culata porque sus insultos motivaron la solidaridad del gremio, incluyendo a varios dueños de equipos y a una multitud de atletas que se unieron para desafiar a un presidente que desprecia la libertad de expresión.

¿Cuál será el desenlace de esta situación? No lo sé. Pero esta no es la primera vez que los deportistas manifestaron públicamente sus convicciones políticas, y aunque estas no han logrado erradicar el racismo, no cabe duda de que han contribuido a crear conciencia del problema.

En 1967, Mohamed Ali fue sentenciado a cinco años de cárcel por negarse a cumplir el servicio militar alegando en su defensa que el Viet Cong no le llamaba nigger. Nunca cumplió su condena porque el Tribunal Supremo le reconoció como objetor de conciencia. En 1968, durante la olimpiada en México, John Carlos y Tommie Smith levantaron sus puños con guantes negros para protestar contra la injusticia racial en Estados Unidos.

Estoy seguro de que la lucha contra la discriminación racial continuará porque hoy los atletas negros no toleran las humillaciones que el gran Jesse Owens tuvo que aceptar. En Nueva York, en 1936, después del desfile en el que se celebraban sus cuatro medallas de oro en las olimpiadas de Berlín, presididas por Hitler, al héroe de Norteamérica se le obligó a usar el elevador de carga del hotel Waldorf Astoria para ir a la ceremonia en la que él era el invitado de honor.


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