[REENCUENTRO]

La valla de los lamentos

En la franja que divide San Diego de Tijuana, recientemente seis familias separadas por el muro entre Estados Unidos y México tuvieron la oportunidad de fundirse en un breve abrazo.

Hace años, cuando visité Israel, me impresionó el Muro de los Lamentos en Jerusalén. De acuerdo con la historia, en el año 70 de nuestra era las tropas romanas destruyeron el segundo templo de Salomón. Según la tradición, los generales romanos dejaron este muro en pie para recordarles a los judíos que Roma los había vencido. Durante dos mil años ha sido un sitio sagrado y frente a él se ha concentrado el lamento colectivo de la diáspora hebrea. En sus rendijas los más piadosos dejan mensajes con peticiones y plegarias.

Muy lejos de la Ciudad Santa de Israel, en la franja que divide San Diego de Tijuana, recientemente seis familias separadas por el muro entre Estados Unidos y México tuvieron la oportunidad de fundirse en un breve abrazo. Según la magnifica crónica que leí en El País, ante la presencia de agentes de la policía migratoria para evitar que los que estaban en suelo mexicano pisaran territorio estadounidense, parientes que desde hace años no se veían tuvieron tres minutos para decirse cara a cara lo mucho que se echan de menos y cuánto se quieren, a pesar del alejamiento por el estatus de indocumentados de quienes están al norte del Río Grande.

Por un momento, ese espacio árido en la frontera sur se convirtió en un oasis de lágrimas, gracias a la gestión que una oenegé, Border Angels, ha hecho con la policía migratoria de San Diego. De ese modo, periódicamente se selecciona a familias indocumentadas que viven en el sur de California para que se produzca el reencuentro con esos seres queridos que del otro lado no pueden cruzar la frontera legalmente. En este caso, tras los primeros 100 días de la presidencia de Donald Trump, cuya política pone freno a una eventual reforma migratoria integral, volvió a abrirse la puerta y hubo un resquicio de alivio para los elegidos.

Es muy loable lo que esta organización hace por tantas familias que solo pueden asomarse a las rejas, desde donde las voces de un lado y otro se prometen cariño, a pesar de la barrera y la esperanza de que algún día volverán a juntarse. Pero también es un espectáculo muy duro y tremendo el de los tres minutos de gracia antes de volver a echar el candado y decirse adiós.

Me vino a la mente un recuerdo de la infancia que nunca he borrado: viajaba con mis padres y mi hermano por el sur de España en una Semana Santa. Habíamos hecho una parada en Badajoz, donde desde un ventanuco un preso cantaba una saeta y, como parte del rito de la penitencia y el perdón, era liberado posteriormente. Tras el lamento venía la indulgencia. Ahora, muchos años después, mezclaba esa imagen sobrecogedora de las procesiones y la liturgia religiosa con el abrir y cerrar de unas vallas bajo el mismo sol que arde sobre San Diego y Tijuana. Tan cerca y tan lejos. Un soplo de clemencia en la eternidad del tiempo.

Pertenezco a una familia de exiliados que sabe de separaciones, de océanos insalvables y de destierro. En algún momento fue posible la reunificación familiar, y prueba de ello es una bella foto del reencuentro de mis padres en un aeropuerto. Pienso en quienes dispusieron de unos minutos para apretarse fuertemente antes del desgarro.

Imagino todo lo que se puede decir en tres minutos. El muro entre San Diego y Tijuana se deshizo por un instante. Luego volvió a ser la valla de los lamentos.


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