[SIMILITUDES]

Nuestro vino agrio

Desde hace años, en realidad decenios, escribidores malintencionados a cada rato recuerdan que si en 1953 al folleto La historia me absolverá, el compañero Fidel Castro le puso de colofón un muy publicitado “¡condenadme, no importa, la historia me absolverá!”, fue gracias a que el compañero Adolfo Hitler había proclamado, defendiéndose ante el tribunal que lo juzgaba por haber atacado con poca fortuna el Cuartel Moncada, perdón, por haber intentado el putsch de Múnich en 1923, “podrán declararnos culpables mil veces, pero el tribunal eterno de la historia sonreirá y desechará las conclusiones del fiscal, porque nos encontrará inocentes”.

Del mismo modo que no han faltado desaprensivos que intentan rastrear los orígenes de aquel apotegma genial del compañero Fidel en su memorable conversación con los escritores y artistas, tan temprano como en 1961, “dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada” y deciden que fue una copia servil de la frase del compañero Benito Mussolini cuando aseveró, en un artículo para la Enciclopedia Italiana en 1932, “para el fascista todo está dentro del Estado y nada humano o espiritual existe, y mucho menos tiene valor, fuera del Estado”.

Hombre, es cierto que algunas similitudes hay. Al compañero Adolfo lo condenaron a una pena de cinco años en 1924 y cumplió apenas meses, aprovechando la cárcel para dictar su Mein Kampf, mientras que el compañero Fidel escribió La historia me absolverá cuando entró al presidio para una condena que debió ser de 15 años y resultó de 18 meses. Siendo militarmente desastrosas ambas intentonas, sus principales protagonistas se catapultaron a la fama.

La similitud en el caso del compañero Benito fue como si dijéramos un cruce de papeles a interpretar en el escenario, pues si Mussolini pasó de líder socialista y editor de Avanti a facha, Castro pasó de facha, como quedó bien documentado durante su estancia en Belén, admirador rendido que era de José Antonio Primo de Rivera, a comuñanga al apreciar que los vientos de la política mundial tornaban y cambió de palo pa´ rumba.

Oiga, hay que tener muy mala entraña para advertir parecidos o, peor, imitaciones en esas cosas, habiéndose producido en contextos tan disímiles y siendo resultado de experiencias semejantes en nada. En última instancia, ¿no puede un dirigente caribeño, por el solo hecho de haber nacido en el trópico, ser tan canalla como el que más de otras latitudes? ¿Es que en este continente tenemos por obligación que inspirarnos o copiar a líderes canallas europeos? ¿Pero hasta cuándo perdurará la fascinación por lo extranjero? ¿Hasta cuándo ha de durar el sometimiento y la dependencia? ¿Qué día, finalmente, América Latina se pondrá de pie?

Decía el excelso José Martí que “nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino”. Pero constatando los decires y accionares de muchos que en esta parte del mundo ahora mandan, uno teme no ya que nuestro vino sea agrio, sino que es orina de jicotea.

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