Al vilo de la suerte

Jugar lotería es una pasión, un vicio, una diversión

Al vilo de la suerte
La suerte puede llegar con cualquier balota

Son pasadas las 12:00 del mediodía y Virgilio ya está al pie de cañón. A la una empieza el “sorteo intermedio” de la Lotería Nacional de Beneficencia, y la plaza Víctor Julio Gutiérrez comienza a llenarse de gente. Virgilio es uno de ellos.

Abajo, en la Avenida Cuba, la gritería, los bocinazos y el olor a mandarina confunden. Cuerpos con rostros ansiosos se aproximan a los tableros y buscan números bajos. De esos ya no hay. Lástima. Hoy es el día. Por eso no les importa comprar los casaos.

Media hora antes del sorteo, la venta sigue y cada billetero practica el alcance de su voz. Una mujer moja unas raíces y unas hojas; allí también venden plantas medicinales. La bolsita de pan fresco, a menos de un dólar. Las manos de guineo y las naranjas; las pastillas de eucalipto a dos por real; y la chicha de piña y las ensaladas de fruta en vasito. Empanadas, carne frita y una mujer pidiendo limosna. Todo allí, en esa acera frente a la entrada del edificio de la Lotería. El sorteo se aproxima.

Adentro del edificio hay unas máquinas curiosas. En ellas se pueden averiguar los números de los sorteos y dónde conseguir un billete o chance en particular. Un viejo, de gorra, pantalón chocolate y lentes gruesos, pulsa los botones. Quiere saber dónde venden el “número jugador”. Pero no comparte el dato.

Arriba, en la plaza, la calma impera. Solo el campanilleo de un vendedor de Cool ice rompe la monotonía.

Extraña la plaza Víctor Julio. Está toda techada. Hace un par de lustros, el sol pegaba contra el pavimento y cegaba. Había allí venta de carne en palito, de raspaos y paletas. Las indígenas de Kuna Yala tenían puestos de artesanías y las presentaciones artísticas se hacían así, a pleno sol.

Un día a alguien se le ocurrió techarla. Ahora es más cómoda porque hay sombra, pero algo de magia se fue con el techo.

La plaza Víctor Julio Gutiérrez se llama así en honor a los locutores “consagrados a la divulgación de los sorteos dominicales”. (Los más concurridos, por cierto). La tarima donde se efectúa el sorteo mira hacia los Archivos Nacionales, en Avenida Perú, y en la puerta del vetusto edificio hay algunos funcionarios esperando el sorteo.

En las bancas dispuestas por la plaza y los bordes de los maceteros, otros empleados se sientan, abren sus vasijas Tupperware y comienzan a comer arroz con carne en salsa roja. Un viejo llena con parsimonia un crucigrama y, por momentos, cabecea. Una banda estudiantil está en la tarima de presentaciones y entona un himno que recuerda la época de Omar Torrijos.

De pronto, por una angosta puerta de la torre del edificio de la Lotería, salen varios funcionarios. Dos de ellos traen las balotas, blancas y abiertas, montadas sobre una urna que colocan en la tarima donde se juega el sorteo, donde todos puedan verla. Guardias de seguridad se instalan en las puertas de entrada de la tarima; la credibilidad en estos asuntos es importante.

Malcolm Ramos llega. Está inusualmente serio. O quizás es que de tanto verlo en televisión —siempre con un chiste, siempre con un rimilla— la imagen real resulta extraña. Viste como siempre, de camisa y pantalón de hilo. Otros varios periodistas prueban sus equipos, se arreglan las camisas, carraspean. La voz tiene que fluir en barítono. Los sorteos de lotería en Panamá se celebran desde 1919, lo que quiere decir que el duendecillo de la suerte ha rondado por este suelo desde hace 84 años, beneficiando a algunos y quitándole la esperanza, una y otra vez, a otros muchos.

El “ánfora de la fortuna” comienza su bailoteo. Vueltas a la izquierda, vueltas a la derecha, hasta que la funcionaria de rigor alce la mano en señal de alto. Malcolm pone su mejor sonrisa. Está en el aire.

En la plaza hay varias bocinas por donde se escucha la narración del sorteo, aunque el audio es realmente malo. Juegan las dos primeras cifras del primer premio y todavía el ambiente está frío. Entonces, surge el número cinco y una mujer alza los brazos: “¡Venga!”, grita. Hay que remar el premio...

Cada domingo y cada miércoles, la lotería se transmite casi que en cadena nacional. Los periódicos publican los números ganadores al día siguiente, cuando muchos ya se han maldicho por no haber interpretado bien el sueño....

El número ganador

Sépalo, si sueña que está comprando un par de chancletas, cómprese el 20. Y si tiene una pesadilla en donde lo están arrestando, no se preocupe; eso significa que ganará con el 18. Al menos eso es lo que dicen las cábalas.

Otra forma de jugar a ganador es utilizando la pirámide, para lo cual vale apuntar los 12 números que juegan en cada sorteo y hacer las sumas correspondientes.

Estos son, digamos, los caminos sencillos. Hay una tercera alternativa que consiste en consultar un librito muy simpático editado por la propia institución —llamado La Lotería en números — en donde aparecen todos los números jugados en los primeros, segundos y terceros premios de la Lotería desde 1919 hasta 1999. Cuando lo tenga en mano, queda entonces estudiar aquella marea de cifras y utilizar la ley de las probabilidades... ¿Mejores son los sueños, no?

Como sea, Felipino no se contuvo. Cuando ya el tercer premio anunció el fin del sorteo, un gesto de rabia recorrió todo su cuerpo. “¡Lo sabía y no lo compré!”. Típico. Las respuestas son muy claras cuando el acertijo se ha resuelto.

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