Hace meses, una joven tailandesa convertida en símbolo de los abusos de la disciplina escolar, temía que la parálisis facial causada por una taza lanzada contra ella por un profesor le impediría sonreír nuevamente. Pero con tesón lo ha logrado.
“Sonreía así y mis ojos quedaban abiertos”, recuerda la estudiante mostrando una fotografía de septiembre pasado, en la que aparece con la boca torcida por la parálisis provocada, según los médicos, por el golpe.
Naruedee Jodsanthia ha cambiado de colegio y está en rehabilitación gracias al apoyo de una fundación privada tailandesa.
Como única sanción, el profesor de deportes que le arrojó la taza fue enviado a otro establecimiento escolar de la misma provincia de Nakhon Ratchasima, en el norte de Tailandia.
Naruedee, cuya sonrisa quedó deforme, lamenta que su caso no haya desencadenado una reforma educativa. El profesor “tendría que haber controlado sus emociones. Aunque los alumnos hubieran hecho algo malo, tendría que haberles impuesto un castigo adecuado y no lanzar un objeto de esa forma”, critica.
Ese día de agosto de 2016, la fila en la que estaba Naruedee decidió ponerse a la sombra, sin pedir permiso. “Hacía mucho calor. El profesor se había ausentado (...) Cuando volvió, como no estábamos en el lugar correcto, lanzó su taza. Impactó en mi oreja izquierda”, cuenta la joven, de ahora 18 años.
“Me dolió pero no me atreví a decir nada, tenía miedo al profesor”, dice.
