Juan Villoro, como hacía su colega Samuel Beckett, lee a ojo de pájaro el periódico para enterarse de las nuevas tristezas de un mundo desdibujado y luego analiza con detenimiento las noticias deportivas.
Aprendió de su papá, el filósofo Luis Villoro, que los estadios de fútbol no solo son “recintos del afecto”, sino que también son como la vida, ya que un partido te puede dar gozos, ensueños, quebrantos y delirios, todo en 90 minutos.
“Crecí pensando que el fútbol le encantaba a mi padre, luego supe que iba allí porque a mí me gustaba eso, lo cual me parece mucho más entrañable”, rememora el autor mexicano, quien trae a la X Feria Internacional del Libro de Panamá su obra más reciente Balón dividido, que narra la magia del balompié.
Villoro, como su compatriota Carlos Monsiváis, pasa de un género literario a uno periodístico con un talento que pasma. Igual escribe cuentos que novelas y se pasa de la crítica a la crónica.
Descubrió el potencial creativo del fútbol cuando escuchaba las narraciones del mítico mexicano Ángel Fernández (1925-2006), “cronista de la radio y la televisión que reinventaba los partidos con sus palabras. En su voz el juego más aburrido se convertía en la guerra de Troya”.
Su amor por el fútbol no solo queda registrado en las páginas de Balón dividido, sino que además ha publicado otros títulos en torno a este deporte como Dios es redondo (premio Manuel Vásquez Montalbán, 2006) e Ida y vuelta, en compañía de su colega Martín Caparrós.
En todas, dice Villoro, el lector no encontrará a un sesudo historiador ni a un acérrimo cronista de sala de redacción ni a un especialista consagrado, sino a un aficionado que desea asociar al fútbol con hechos que ocurren dentro y fuera de las canchas: desigualdades sociales, corrupción, machismo, xenofobia, corrupción, nacionalismos y manipulación económica y política.
VIEJAS RIVALIDADES
Así como hay quienes aseguran que los Beatles son mejores que los Rolling Stone y viceversa, también se da una guerra de nunca acabar: amar u odiar al fútbol.
Entre la comunidad literaria hay quienes observan con indiferencia este juego que les parece salvaje y estúpido. En ese bando están autores como George Orwell, Oscar Wilde, Rudyard Kipling, Jorge Luis Borges y muchos más.
En la otra esquina se encuentra una tribu que devora goles como se alimenta de obras y ficciones.
Este equipo lo integran desde Albert Camus y Pier Paolo Pasolini hasta Horacio Quiroga, Adolfo Bioy Casares, pasando por Osvaldo Soriano, Rubem Fonseca, Ernesto Sábato, Roberto Fontanarrosa, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Jorge Amado y Eduardo Galeano. Villoro es uno de los suyos.
¿Cómo explicar que un sector de la intelectualidad vea por debajo del hombro al fútbol? Para Villoro (México, D.F., 1956) es la situación más lógica. “El fútbol no es ajeno al primitivismo, la manipulación, a la enajenación. Me parece legítimo que mucha gente lo deteste”, dice.
Le da entereza adentrarse en ese universo de pases y gambetas, porque cree que “para conocer una época hay que saber cómo se divierte la gente en esa época, y el fútbol es el principal modo de entretenimiento del planeta”.
“Se trata de un sistema de representación de lo que somos, pero no es obligatorio conocerlo ni aficionarse a él. Se puede ser brasileño y detestar el Carnaval”, comenta quien ha cubierto como periodista los mundiales de Italia 1990, Francia 1998, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010.
Sabe que tanto los futbolistas como los cantantes y los actores se han convertido en una monarquía compuesta por seres que no necesitan tener sangre azul para vivir en palacios, un sistema que ha sido construido por la industria del entretenimiento.
Para Villoro, el soberano absoluto del fútbol es el argentino Lionel Messi y le sigue el portugués Ronaldo Cristiano, “un atleta de primera fila”.
