Austin Hernández
Agonizaba el día cerrando ventanas, las sombras se apoderaban del horizonte; Gabrielita se disponía a dormir, el sueño impaciente la esperaba,
la brisa de las costas bramaba con intensidad en su interior.
La niña en su inocencia se dejaba llevar y en su sueño se proyectaba un manto oscuro augurando desafío, con voz trémula la noche confesaba a las olas que la tempestad se avecinaba.
Un silencio tétrico aullaba y quedó sobre siluetas de hombres en pronto ataque.
Eran latentes las ganas de lucha y ella, en su asombro la vivía, podía escuchar claramente en su sueño los corazones dilatar acelerados la cultura, se sacudía buscando vuelo, Gabrielita sentía la valentía correr por las venas de los guerreros, podía casi leer sus pensamientos llenos de visiones e ideales.
Me contaba de multitudes en un bote con rostros semejantes al ocaso,
listos y abrigados de coraje, sin amedrentarse avanzaban, ella contemplaba el mar como perlas mecerse, aliándose con el cayuco; escuchaba en la distancia a las nubes vociferar exaltantes en el espacio con la neblina bajando, cual cortina cubriendo las costas y su entorno.
La Luna observaba tenue y extendía su tímida mirada; era evidente en la proa la sombra de un alma alzada de hombros
platicando misterios con el viento, en sus semblantes se reflejaba la rabia y las estrellas lo sabían.
El espíritu de la naturaleza los seguía y los guiaba y, en el momento oportuno, desenfundaron sus armas poniendo fin al ultraje y al irrespeto por un pueblo y una cultura libre.
Envíe sus poemas o cuentos cortos a la dirección vivir+@prensa.com.
