Cuando llegan los días libres por el Carnaval, Luisa Suira se dedica a descansar o a visitar familiares o amigos, pero “menos ir a un culeco”.
Ella tiene 26 años, pero el jolgorio de Carnaval no le llama la atención. Prefiere descasar durante estos días.
“A pesar de que salgo a pasear, no voy precisamente donde está la bulla de las fiestas, me gusta ir a lugares más tranquilos y no muy lejos de casa”, comparte.
Una agenda similar tiene para estos días Max Polastre, pues la pasa junto a su esposa y sus tres hijos en casa.
La diversión de esta familia en tiempos de Carnaval se basa en bañarse en la piscina y preparar asados. “La pasamos mejor y es más seguro en casa”, dice.
A algunas personas no les llama la atención las actividades de Carnaval y en eso tiene mucho que ver la personalidad individual, porque hay toda una experiencia familiar, así como del entorno en el que se crece, que es determinante en esa tendencia, comenta el sociólogo Milcíades Pinzón.
Estas personas suelen invertir el tiempo libre que genera el Carnaval en eventos que expresan más la espiritualidad. Tales son los casos de retiros religiosos, lecturas de autoestima o en novelas de autores de cierta envergadura intelectual.
En efecto, en los últimos años más personas adultas y jóvenes prefieren participar en campamentos donde disfrutan de la paz que les ofrece la naturaleza, recalca la socióloga Rubiela Sánchez.
Otros aprovechan los días libres para realizar paseos a sitios turísticos, organización hogareña e incluso ir al cine, añade Pinzón.
Las personas que no son dadas a asistir al Carnaval pueden ser vistas por algunos segmentos de población como seres inadaptados e incluso como personajes poco sociables, apuntan. Pero esta es una visión que no necesariamente comparten otras personas, para quienes esa conducta no representa mayor problema.
