María José tiene 16 años y le encanta que la entrevisten. Que le pregunten “de las cosas que hago en mi tiempo libre...”; en fin, “que me conozcan”.
No se ha terminado de presentar, cuando un abrazo fuerte suyo ya arrojaba afuera cualquier residuo de tristeza. Con su presencia, la cafetería tomaba otra atmósfera y el café adquiría otro sabor: un ambiente más alegre y un gusto más dulce.
Se sienta en frente con más naturalidad de la que tendría Martina Stoessel, su artista favorita, en esta entrevista.
Como a Violetta -papel de Stoessel en la serie del mismo nombre de Disney Channel- “me fascina el escenario”, cuenta Majo, como le apodan. “Siento que es un lugar donde puedo expresarme y transmitir por medio de la actuación, el canto y el baile, mi talento y mis habilidades. Mi vida es el escenario y todo lo que tiene que ver con esta obra”.
Esa tarde del 14 de mayo, camino al ensayo, a las 6:00 p.m., María José y su madre, Miru Arias, se vieron retrasadas por la congestión vehicular en Costa del Este.
Previo a la llegada de la protagonista a Costa Kids, una guardería que servía como punto de encuentro para las prácticas, ya estaba más de la mitad del elenco en uno de los salones de clase junto sus padres y la joven coreógrafa Meli Moreno.
“Cuando Hannia me dijo que esta obra era con chicos especiales, pensé que sería una oportunidad y un reto para crecer”, afirma la coreógrafa, que ideó cerca de 10 secuencias de baile para La Cucarachita Mandinga.
Poco antes de la llegada de Majo, los que estaban empezaron a calentar con la dirección de Meli, estirando los músculos y preparándose para las rutinas.
“Son coreografías muy sencillas, tienen muchas repeticiones de pasos básicos. En el grupo hay diferentes niveles de memoria y coordinación; de musicalidad y ritmo. Hay algunos que lo tienen y otros no, como cualquiera”, dice Moreno, quien, al principio había creado una combinación de baile algo más compleja, que fue acomodando en el camino.
En marzo pasado, Miru Arias, de la fundación Down Panamá, junto a Hannia Woodman, realizó las audiciones para La Cucarachita Mandinga.
“El elenco completo es de 22 actores, 12 con síndrome de Down. El resto son jóvenes con mucha experiencia en teatro, que aportan en el ritmo”, dice Miru, sobre el montaje de Alida Gerbaud de Fábrega; libreto de Rogelio Sinán adaptado por Hannia Woodman y música de Gonzálo Brenes, actualizada y dirigida por Alfredo Hidrovo.
“Hannia hizo adecuaciones al texto en función de facilitar palabras y que se crearan más personajes. Se hicieron las audiciones y se repartieron los papeles inicialmente entre los chicos con Down y luego se involucraron los chicos que tanto ella como Alida trajeron”, comenta Miru.
La primera semana de ensayos fue durísima, cuenta Miru. “El primer día, que ensayaron con Alfredo le dijimos que algunos de los chicos vinieron sin haber aprendido a leer”.
Esta situación parece complicarse, porque “las personas con Down tienen problemas de memoria”, afirma Natalie Medina, pedagoga que asiste en el aprendizaje del libreto y la pronunciación de palabras.
“Por lo general, tienen problemas de lenguaje, por lo que se les hace difícil aprenderse sus líneas. Sin embargo, este tipo de actividades les da un sentido de pertenencia y los ayuda en la socialización”, añade Medina.
“Hay mucho que decir de los directores”, reconoce. “Hacen un esfuerzo activo porque muchos de los chicos se aprendieron sus líneas desde la repetición. Sin embargo, Alfredo buscó la forma de que se aprendieran las canciones”.
“Cuando me enviaron la música, la melodía me parecía muy infantil”, afirma Hidrovo, y “decidieron que hiciera algo más actual”.
Si bien la letra de Brenes, afirma el músico, no fue alterada, “lo que sí hicimos fue repetir algunas partes con la idea de que pudieran memorizarlas”.
Ahora, con Majo en el centro del grupo, luego de brindar el mismo abrazo caluroso que alejaba cualquier pena, el elenco ya estaba listo para ensayar a plenitud.
Tras iniciar, en uno de los números, Ariel, de 25 años, corteja a la cucarachita como el toro, con la galantería de un español coqueto y conquistador. Sus pasos de baile son de 10 puntos, porque, como él asegura, le encanta bailar.
“Él siempre ha sido extrovertido”, afirma Sixta Ramsey, su madre, aunque “nunca imaginé a mi hijo en una obra de teatro”.
Al hablar de Ariel, Sixta no puede evitar emocionarse y agradecer, ya que “nunca es tarde cuando llegan oportunidades como estas”.
“Él está feliz y eso me da fuerzas. Con él he aprendido a ser más paciente y tolerante. ¿Qué no he aprendido con él?”, se pregunta, “porque cuando me siento mal, él me dice: levántate”.
Tras el toro y la cucarachita, Brenda, de 38 años, interpreta a una de las vecinas de la ciudad.
“Sí, me veo como actriz, a veces sí y a veces no”, dice Brenda, ganadora de innumerables medallas de Olimpiadas Especiales en su especialidad: la natación.
“El síndrome de Down tiene retrocesos al ponerse mayor”, afirma su mamá, Esther Acrich. “De adulta, se le hace más difícil; aprender cosas y la modulación de su lenguaje están retrocediendo, también el manejo de su concentración”.
Sin embargo, Esther voltea la moneda, y observa un entorno “que le ha dado personalidad en el desarrollo y seguridad” de Brenda.
“Hay papás que hoy creen más en sus hijos de lo que creían antes”, confiesa Miru, “y hay cosas que me siguen sorprendiendo de Majo”.
“Tengo mucho en común con la cucarachita Mandiga”, asegura Majo, “ambas somos muy coquetas y nos encanta el pelo. Cuando me dijeron que sería la cucarachita sentí una emoción adentro de mi corazón”.
Con aires histriónicos y un desenvolvimiento a lo Greta Garbo, reclama: “los ensayos son un poco exigentes y no tengo tiempo libre para mí”.
“Al principio, los ensayos duraban hora u hora y 15 minutos. Los hemos alargado porque ellos piden seguir”, dice Woodman. “Ellos tienen una determinación total; están claros que es algo que quieren hacer bien y ponen todo su empeño para lograrlo”.
No solamente hacerlo bien, sino también “robarse el show”. Así lo amenaza Francisco, el grillo de 20 años, que a pesar de sentirse nervioso, dice que lo que más le alegra es haber “aprendido a bailar, a cantar y actuar”.
“Antes de bajarse del carro, ya están sonriendo”, dice Miru Arias, observando la escena en la que Francisco traduce al francés Cochi Cochino, tío carnal y “grasal” de los Tres Cerditos. “Impregnan una felicidad absolutamente auténtica”.
Para Juan Pablo Fábrega, actor de 18 años con experiencia en teatro y en esta obra en especial, “es esperanzador ver cómo progresan cada día y con mucha intensidad y emoción, que uno piensa que si el resto fuéramos así, ¿hasta dónde seriamos capaces de llegar?”.
Juan Pablo, así como su hermana, Alida, son hijos de la productora Gerbaud de Fábrega.
“Originalmente, su participación era una ayuda que les había pedido y no realizaba el beneficio para ellos”, afirma Gerbaud de Fábrega. “Lo que ellos están aprendiendo de esto y lo que comentan en casa es que se dan cuenta de que tienen demasiadas herramientas que otros no”.
Cerca de las 8:00 p.m. el cansancio comienza a apoderarse tanto de actores como de padres.
“Nunca he tenido un elenco más colaborador”, concluye la productora Gerbaud de Fábrega, mientras se relaja. “Aquí no hay divos ni gente complicada, aquí todos quieren dar lo mejor. Ese es el afán”.
Finalmente, uno a uno, entre las miles de sonrisas de satisfacción, se van retirando del espacio, quedando solamente una productora, una directora y una ideadora.
Es ahí donde Gerbaud de Fábrega, Woodman y Arias coinciden en que, como muy bien cantaría la artista favorita de la cucarachita Mandinga, Violetta, “no hay nada que no puedas conseguir si vuelas alto”.
