Estampas del Carnaval de ayer

Los casi extintos resbalosos formaban parte de las fiestas carnestolendas a principios del siglo XX.

Estampas del Carnaval de ayer
Los primeros culecos con cisterna se iniciaron en la capital a mediados de 1980.

Mojarse se convirtió en uno de los juegos más populares durante el Carnaval istmeño.

Sin importar su destino, edad o su elegante atavío, si era pillado la mañana de Carnaval en la calle, seguro se llevaría un balde de agua.

La historiadora y docente universitaria Coralia de Llorente asegura que esta costumbre es un derivado de otras tradiciones, tanto de Roma como de otros países orientales en rituales al dios Baco o como parte de festivales de primavera o de colores, por ejemplo.

“Es una herencia española”, explica la docente, quien durante sus pesquisas en ese país pudo constatar algunas costumbres similares.

“Además de agua, los españoles cuentan con festejos en donde se mojan con vino, perfumes o tomates, por ejemplo”, dijo la experta, quien asegura que durante el comercio con los países de Oriente se pudieron adoptar algunas tradiciones foráneas que luego se aplicaron en nuestro Carnaval. De ahí quizás la costumbre de teñir a las personas con añil y lanzar huevos o harina.

Las “mojaderas” se hacían de forma doméstica con cubos y baldes hasta 1986, cuando se realizaron por primera vez con carro cisterna en la vía España como parte del “Carnaval Diamante”.

El empresario Ricardo Gago, quien para esa época presidió la Junta de Carnaval, explica que hasta entonces la costumbre de mojar con cisterna era vista únicamente en el interior.

El Carnaval de 1986 celebró entonces los 75 años del festejo en la ciudad capital. “Ese año procuramos romper con los moldes tradicionales”, añade Gago, quien detalla otras iniciativas como el cambio de ruta para los desfiles, la inclusión de una comparsa propia para la reina y la reinstauración del clásico Presidente de la República el martes de Carnaval.

La soberana en aquella ocasión fue Julieta Barría (q.e.p.d.), recordada por su participación animada y por bajar de su carroza para bailar con su comparsa en el corazón de la vía España.

Hasta mediados de los años de 1980, el Carnaval era patrocinado por el Estado.

Gago recuerda disponer con 500 mil dólares para realizar el Carnaval de 1986, a lo que lograron sumar 1 millón de dólares junto con la empresa privada para la presentación de artistas en tarima.

El año siguiente la Junta de Carnaval, presidida por Roberto Pascual, según Gago, volvió a utilizar la vía España como ruta del festejo.

En esa ocasión, la hoy primera dama de la República, Lorena Castillo, resultó la nueva soberana de las fiestas de Momo, quien junto a Miss Universo 1986, la venezolana Bárbara Palacios, resaltó las celebraciones del Carnaval Tropical.

PERSONAJES DE RIGOR

Para Ricardo Gago, la reina “es el motor del éxito o fracaso del Carnaval”.

Su presencia en los festejos forma parte de una tradición enraizada en el istmo, que según Llorente es muy probable que tenga que ver con el período colonial cuando individuos desfilaban disfrazados como reyes españoles. Como las reinas, también existían personajes antagonistas con la simpatía popular, pero que le añadían picardía al festejo.

Los resbalosos, hoy en extinción debido al Decreto 700 del 10 de enero de 2013 -que escatima pintarse el cuerpo total o parcialmente, utilizar instrumentos de sugestión para pedir dinero, lanzar harina, confetis o serpentinas-, formaron parte de las fiestas carnestolendas del siglo XIX y principios del XX.

Los disfraces, algunos inspirados en el folclor, la cultura popular, así como pillos o diablos, buscaban asustar o molestar a los transeúntes a cambio de dinero.

Llorente explica que su función probablemente tenga que ver con las festividades de los congos en Colón o de las comunidades de Chilibre.

Ya sea como personaje o como espectador, víctima de las “pillerías” de los juegos, forma parte de las tradiciones muchas veces vistas durante el Carnaval, dice.

“Hay un personaje conocido como el doctor, que junto a otro llamado fatiga, simula un caso de patatús que solo puede mejorar con dinero”, explica.

Otros más modernos escupían fuego, bailaban o lo secuestraban a cambio de plata para sufragar la celebración. “Era su forma de financiar el jolgorio”, asegura la historiadora.

Pasados los cuatro días de fiesta, un nuevo personaje entraría a la escena: la fatigada y funesta sardina, que “con llanto de serpentina”, en palabras de Pedro Altamiranda, anuncia el inevitable final de estas festividades.

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