Con solo 25 años se convirtió en el primer artista negro en ser portada del New York Times. El artista Jean Michel Basquiat (1960-1988) fue el niño salvaje de Nueva York en los años 80 que pasó fugazmente de la miseria extrema de los suburbios a la gloria del aplauso público.
Pasó la adolescencia pegado al espray. Estampó su firma irreverente SAMO, (acrónimo de same old shit, literalmente “siempre la misma mierda”), en los vagones del metro y en los edificios de la periferia de la gran ciudad.
Pronto se despojó del perfil de grafitero que expresaba su rabia en los muros y entró por la puerta grande en las exposiciones de moda en la ciudad. En 1981 inauguró su primera muestra artística, aunque siempre renegó de la crítica: “Quiero ser un artista, no una mascota de galería”, subrayó.
Su vida temeraria llena de excesos, la fama inesperada y el abuso de las drogas le condenaron a la autodestrucción que se vio precipitada por la muerte de su mecenas y amigo Andy Warhol, en 1987. Al poco tiempo, sumido en la tristeza, murió de sobredosis de heroína. Tenía 27 años.
Ahora casi 30 años después de su muerte, Roma, Italia, le dedica una retrospectiva en un palacio renacentista con más de 100 obras que incluyen óleos acrílicos, dibujos, serigrafías y algunas cerámicas realizadas entre 1981 y 1987, el arco temporal donde se concentra su potencial creativo.
“Fue el primer artista negro en la historia del arte. Basquiat basó su arte en la afirmación del ser afroamericano en Estados Unidos (EU) y eso atrajo al éxito. De repente era rico, pero a pesar de pasear por las calles de Nueva York con los bolsillos llenos de dinero, ningún taxi se paraba a recogerlo por el color de su piel”, explica el comisario de la exposición, Gianni Mercurio.
Orgulloso de su origen africano, Basquiat reinventa las señales del arte tribal primitivo y supera la insuficiencia histórica con la que los artistas de la vanguardia del siglo XX las exaltaron como un sistema fetichista de experimentación que ignoraba sus valores culturales.
El mito del arte negro subió como la espuma en las subastas. Y su obra -que en vida produjo con dilatado exceso llegando a superar las 3 mil piezas- se vendió a partir de entonces por varias decenas de millones de dólares. Su cuadro Dustheads venció todos los récords en una subasta en 2013 al llegar a pagarse un total de 48.8 millones de dólares, frente a los 25-35 millones de precio estimado.
“Su trágica muerte contribuyó indudablemente a la creación del mito. Pero Basquiat ya era un artista de renombre entonces. La fortuna fue de quién había adquirido sus obras por pocos miles de dólares que se volvieron instantáneamente millonarios”, aprecia Mercurio.
La producción artística de Basquiat se nutre del cómic, del rap o de la televisión, pero también de la música: el jazz que conoció gracias a los discos que su padre, un emigrante haitiano afincado en EU, coleccionaba.
Sin embargo, para Mercurio “no podría entenderse su arte sin su concienzuda determinación por la denuncia social y la crítica contra el poder represivo y el racismo”. Sobre todo, durante sus primeros años cuando la policía seguía acribillando a los negros en las calles. “Él mismo decía que el 80% de lo que ponía en su obra era rabia. Su arte está embuido de esa aura de transgresión que le catapultó a ser un artista muy reclamado por el mercado”, expone.
Para muchos es el Martin Luther King del arte urbano que abrió el camino a nuevos artistas de origen africano.
