Todo estaba a precio de remate: DVD musicales a $4.95, discos compactos a $2.95, de vinilo a $1 y de acetato a $0.50. Y la clientela buscaba con esmero y paciencia entre las cajas y estantes donde se apilaba el amplio catálogo de la discotienda Fontainebleau, que esta semana cerró sus puertas luego de 48 años de actividad comercial. Era la decana de las tiendas de música del país.
Ubicada desde siempre en la galería de la avenida Central en Santa Ana y nombrada en honor a la fuente que alguna vez relució en el centro de la plaza, la Fontainebleau se despide al no poder hacer frente a los costos para seguir funcionando. Su propietario, Néstor Jiménez, de 75 años, prefiere no entrar en más detalles del cese de su negocio, pero aprovecha para dejar la puerta abierta a un hipotético retorno: piensa buscar un nuevo local, estudiar la viabilidad y volver al ruedo musical.
Primero se tomará un descanso tras casi medio siglo de servicio detrás del mostrador de su tienda. Visitará familiares en el interior del país, en el extranjero y ya, con cabeza fría, meditará opciones.

La historia
Jiménez no es bueno con las fechas, pero mantiene frescos los recuerdos del nacimiento de la Fontainebleau: fue en abril de 1971, cuando convenció a la dueña de la boutique que ocupaba el local, de alquilarle unos seis metros para acomodar unas mesas con discos de vinilo y acetato.
Por entonces había “miles de boutiques” en la ciudad, pero la que se ubicaba en la galería de la popular avenida Central tenía algo diferente que ofrecer a la clientela, la mejor música del momento, evoca. Las ventas resultaron tan lucrativas que transcurridos unos meses, Jiménez pudo adquirir toda la tienda y luego de unos años remató la ropa y llenó los espacios con más música.

Los discos de La parranda 1, de El Gran Combo de Puerto Rico, el primero de Osvaldo Ayala, los de Pedrito Altamiranda y baladas románticas en general, fueron los más vendidos, cuenta Jiménez, testigo en primera fila de la evolución de los soportes físicos de distribución de la música: acetato, vinilo, casetes y discos compactos.
El regué o bachata, en cambio, nunca le resultaron. Los vendió por un tiempo, pero no funcionó. No era lo que su clientela consumía. Aquello siempre fue un misterio.
Venta musical
Había muchas discotiendas en la ciudad, unas 35 (ver recuadro). Eso nunca le preocupó. “Yo conocía el negocio”, se jacta Jiménez, que aprendió lo que había que saber del ir y venir de discos al trabajar en la compañía Sonido Industrial, del exdictador nicaragüense Anastasio Somoza. “Crecí escuchando música, mi hermano mayor le gustaba la música clásica. Eso me encaminó. Siempre que podía iba a la Biblioteca Nacional a escuchar canciones. Y un buen día me quedé sin empleo y me dijeron: ‘ve a tal compañía, que allí necesitan gente que sepa de música’. Era en Sonido Industrial, una fábrica de discos en Bella Vista y fui un vendedor al por mayor, allí me relacioné más con la música y con todas las discotiendas de Panamá”.
La clientela en las décadas de 1970 y 1980 era considerable. No había piratería como ahora y barrios aledaños como Santa Ana, El Chorrillo y El Marañón tenían mucha vida. Todo conspiró para que la Fontainebleau se convirtiera en referencia de la venta de música.
¿Cuánto creció el catálogo de la discotienda? Jiménez da una pista: cuando los discos compactos se convirtieron en la tendencia del mercado, liquidó unos 80 mil discos de vinilo.

El hoy
“La música es salud” o “Dígalo con música”, son dos pensamientos que recibían a los visitantes de la Fontainebleau, al dejar atrás unos tres puestos improvisados de venta de música pirateada en la entrada de la Galería Central. La fuente azul que inspiró a Jiménez hace casi medio siglo lleva años vacía, abandonada. Unos pocos negocios sobreviven en la plaza.
La discotienda era una de las más longevas de toda la Central, otrora, corazón del comercio al detal. La piratería, primero, y la irrupción de la música en formato digital, mermaron el rendimiento de la Fontainebleau, que se sostenía gracias a su clientela más leal, personas que frecuentaban la tienda desde sus años más mozos. Fueron buenos tiempos, exclama Jiménez con cierta nostalgia, mientras decenas de melómanos escudriñaban entre montañas de discos. Son ellos, sus compradores más asiduos, los que le invitan a ver el cierre como una pausa y no como un adiós.
