PAULO COELHO

Fragmentos de un diario inexistente (IV)

Madrid, España. Llego a Madrid a las ocho de la mañana. Voy a permanecer aquí solo algunas horas: de nada sirve telefonear a los amigos ni quedar para verlos. Decido caminar a solas por lugares que me gustan, y termino fumando un cigarrillo en un banco del parque del Retiro.

-Parece que no estás aquí–me dice un anciano, sentándose a mi lado.

-Estoy aquí–le respondo-. Solo que 12 años atrás, en 1986. Sentado en este mismo banco con un amigo pintor, Anastasio Ranchal. Nosotros dos estamos mirando a mi mujer, Christina, que ha bebido más de la cuenta y está fingiendo que baila flamenco.

-Aprovecha –dice el anciano-. Pero no olvides que el recuerdo es como la sal: la cantidad adecuada hace más sabrosa la comida, pero si exageramos, acabamos con el plato. Quien vive mucho en el pasado, termina sin presente para recordar.

Lectura. Vuelo de Belgrado a Barcelona

En el periódico, un texto que recorto y meto en la maleta de mano. El autor es Timothy Gallaway: “Cuando plantamos un rosal, vemos que pasa mucho tiempo durmiendo bajo la tierra, pero nadie se atreve a criticarlo diciendo: “Tú no tienes raíces profundas” o “Te falta entusiasmo en tu relación con el campo”. Muy por el contrario, nosotros lo tratamos con paciencia, agua y abono. Cuando la semilla se transforma en plantón, a nadie le pasa por la cabeza condenarlo por frágil, inmaduro, o por ser incapaz de ofrecernos inmediatamente las rosas que estamos esperando. Todo lo contrario: nos maravillamos con el proceso del nacimiento de las hojas, seguidas de los capullos, y el día en que las flores aparecen, nuestro corazón se llena de alegría. Sin embargo, la rosa es la rosa desde el momento en que ponemos la semilla en la tierra hasta el instante en que, pasado su periodo de esplendor, acaba marchitándose y muriendo. En cada etapa por la que pasa –semilla, brote, capullo, flor- expresa lo mejor de sí misma. También nosotros, en nuestro crecimiento y constante mutación, pasamos por diversas etapas: tenemos que aprender a reconocerlas, en lugar de criticar la lentitud de nuestros cambios”.

Brissac, Francia. Anécdota de un periodista.

-Voy a contarle una interesante historia. En cierta ocasión, entrevisté a Jean Cocteau. Su casa era una verdadera acumulación de figuritas, cuadros, dibujos de artistas famosos, libros, etc. Cocteau lo guardaba todo, y sentía un profundo amor por cada uno de aquellos objetos. Fue entonces cuando, en medio de la entrevista, decidí preguntarle: “Si esta casa se incendiase de repente y solo pudiera llevarse consigo una cosa, ¿qué escogería?

-¿Y qué fue lo que Cocteau respondió? –pregunta Álvaro Teixeira, responsable del castillo en el que estamos, y estudioso de la vida del artista francés.

-Cocteau respondió: “Yo me llevaría el fuego”.

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