Juan Gelman conoció pronto el dolor y la pérdida.
Cuando la Junta Militar argentina dio el golpe de estado, los que ultrajaron los derechos humanos fueron a su casa para que pagara con su vida el pecado de ser libre de alma y pensamiento.
Como estaba fuera del país por entonces, y para que se diera cuenta que los milicos son seres malignos, se llevaron a su hijo Marcelo, de 20 años y a su nuera María Claudia (embarazada de siete meses), de 19 años.
Ambos fueron parte de los 30 mil desaparecidos por una dictadura que desangró a su Argentina natal entre 1976 y 1983.
Tardó 13 años en encontrar a Marcelo, quien estaba en un bidón con 200 kilos de cemento, el que fue arrojado al río San Fernando.
María Claudia pudo respirar hasta que dio a luz en un hospital militar a finales de 1976 y su hija fue puesta en la puerta de la casa de un policía y su esposa, que fueron sus padres sustitutos. Pero de ella nunca más se supo.
Como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) no lo dejaba en paz –como si aquello fuera posible– tuvo que abandonar su tierra y pasó por Italia, Francia y Nicaragua hasta que en 1961 se radicó en México para ver si el destino le daba una tregua. En ese país murió el pasado 14 de enero, a los 83 años, debido a un síndrome mielodisplásico.
Gelman tomó un respiro, aunque fuera chiquito, cuando recuperó a su nieta Macarena en marzo de 2000 en Uruguay.
Aquel encuentro fue siempre para Gelman más relevante que haber ganado el Premio Juan Rulfo (2000), el Iberoamericano de Poesía Ramón López-Velarde (2004), el Pablo Neruda (2005), el Reina Sofía de Poesía (2005) y el Cervantes (2007).
Esa experiencia de estar vivo y que los suyos no, lo marcó en su labor de coser palabras que se vuelven poesías y al leerlas te llegan al corazón, a la conciencia y a la memoria.
