Guerras vacías

Hay guerras judiciales, psicológicas, económicas, santas, políticas, electorales, sociales, deportivas y propagandísticas.

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¿Podemos liberarnos de la guerra?

También las hay ilegales, civiles, deportivas, internacionales, sucias, ofensivas, culturales y hasta hubo una que fue fría.

Se han declarado guerras de nervios, comerciales, convencionales, químicas, bacteriológicas, nucleares, justas y preventivas.

Sea el calificativo que se use, se trata de una lucha, con armas de distinta índole, que busca hacer añicos al enemigo de la mano de la violencia o las estrategias o las presiones o todos los recursos que se tengan a la mano para dominarlo.

Esa costumbre de combatir unos con los otros siempre trae como resultado heridos, muertes, pérdidas y destrucción.

Siempre es un acto irracional y bárbaro, del cual nuestra especie no termina de aprender la lección.

La guerra es el tema, si la palabra tiene sentido dentro del cine industrial de Hollywood, de la película 300: el origen de un imperio, del director Norman Murro, que se estrena hoy en las salas de Panamá.

Es un spin-off, es decir, una producción que ocurre de forma paralela a una cinta paralela, en este caso de 300 (2006), de Zack Snyder.

En términos estéticos, es impecable su apego al estilo de los cómics del maestro Frank Miller y su puesta en escena es intachable. Produce un festín para los sentidos, aunque es un dolor de oído para el intelecto.

Es triste que Norman Murro y los guionistas Zack Snyder y Kurt Johnstad desperdiciaran la ocasión para analizar la naturaleza belicosa del ser humano, por qué somos violentos, qué nos lleva a ser vengativos y odiosos. Qué va, demasiado trabajo eso de plantear cuestionamientos, mejor es optar por convertir la violencia en un espectáculo hermoso, aunque vacío.

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