A casi 4 mil metros sobre el nivel del mar, uno siente ya sus pulmones como una bolsa de plástico llena de aire a punto de estallar. La metáfora es suficiente para desempacar las maletas que estaban listas para ir de viaje a la altura. Pero aun así hay algo claro, definitivo: es un destino que por sí mismo es un reto físico y su visita vale la pena.
El lago Titicaca, hogar de las Islas Flotantes de los Uros, es así. Un lugar en que el frío se cuela entre la ropa y tiñe las mejillas de carmesí; la altura sujeta el cuerpo costeño y le pide una inevitable muestra de respeto ante quienes viven más cerca de las nubes.
Allí se vive el turismo vivencial. Ese que inevitablemente cambia a las personas y el que la nostalgia pide visitar una y otra vez. El lago navegable más alto del mundo está a mil 400 kilómetros de Lima, la capital peruana, a 17 horas en bus. Cuando se llega a Puno, la ciudad que se beneficia de agua y fauna sin fin, es difícil creer que a menos de media hora en bote el panorama cambie para siempre.
Ocho dólares son suficientes para costear la experiencia obligatoria: una tarde en las Islas Flotantes de los Uros. El precio, por un viaje de alrededor de cuatro horas, incluye transporte desde el hotel, lancha a motor hasta las islas, visitas guiadas y transporte de regreso.
Entonces la lancha se adentra poco a poco en el lago Titicaca, al que la mitología andina le atribuye el surgimiento de Manco Cápac y Mama Ocllo, hijos del dios sol y fundadores del imperio inca. Hacia el horizonte solo agua y totora: planta acuática indispensable en la cultura de los Uros. Pese a este panorama, se alcanzan a escuchar las descripciones del guía, y entre risas lo primero que explica él es que en la lengua aymara Titicaca se escribe con ‘K’.
En el aparente medio de la nada, los habitantes de las Islas Flotantes han encontrado en el afluyente turismo un medio de supervivencia. Lo han sabido aprovechar.
La lancha se detiene frente a una pequeña garita de totora a pagar la entrada de los visitantes y allí, según la comunidad correspondiente, se le indica al conductor la isla a visitar. En ese sistema equitativo todos disfrutan el ingreso a la comunidad. Luego cada isla cosecha las ganancias dejadas por los visitantes.
Cuando se cambia el piso de la lancha por el suelo de la isla, cubierto de secas hojas de totora unas sobre otras, los primeros pasos son vacilantes. Allí están a la espera las 4 o 5 familias que habitan la isla. Los visitantes torpemente pronuncian el saludo en aymara: “kamisaraki”, a lo que estos responden “waliki” con una sonrisa. Entonces empieza el recorrido.
Sentados en un semicírculo, los visitantes escuchan del líder o presidente la explicación de cómo se forma cada isla. Es fascinante. La totora crece en áreas de poca profundidad, y cuando su raíz se ha arraigado lo suficiente, los habitantes de la comunidad se adentran al agua cortando la tierra en bloques que luego atan para componer una especie de balsa extensa. La tierra se ancla en distintos puntos. Los Uros comparten que cuando hay grandes celebraciones las comunidades unen las islas.
Las anécdotas y enseñanzas llegan en tropel. Un visitante pregunta por la totora y cómo hacen para mantener asentada una nueva isla. La respuesta es agradable y llena de esa simpleza que hace falta en la vida cotidiana. Cuando se construye una nueva isla todos los vecinos son invitados a bailar, jugar fútbol y caminar, para que su peso ayude a comprimir el material y las nuevas familias puedan establecerse.
Diez soles ($3.32) costean un viaje en un bote de totora roja con amarillo. Los locales lo apodan “Mercedes Benz”. En cada recorrido sobre esta especie de carroza flotante, los pasajeros sonríen de improviso porque es allí donde los lugareños cumplen sus primeras citas, lejos de los ojos de sus padres, navegando el lago Titicaca con un remo y la brisa como aliados.
El recorrido acaba con el atardecer. En una casita, un lugareño se maravilla al saber el funcionamiento del Canal de Panamá. La mayoría de los visitantes intenta apaciguar el frío acercando a su rostro las tazas de café o de té. Un sol peruano permite tatuar el pasaporte con un nuevo e inigualable sello. Todos los visitantes hacen fila con el documento en mano. Significa un último intento por dejar la marca visible de una experiencia tan intangible e inexplicable como perderse una tarde en las Islas Flotantes de los Uros.












