En el imaginario del nacido a finales de los ochenta o inicios de los noventa, se encuentra entre sus recuerdos la presencia marcada de una canción, un álbum y una banda: El duelo, Invisible (1995) y La Ley.
Los ojos de Beto Cuevas, delineados y pronunciados, que combinaban con la lisura de su pelo, su silueta andrógina, y delgada, y sus uñas de rojo; el pelo engomado en clavos de Pedro Frugone y la mirada melancólica de Mauricio Clavería, siempre escondida tras las gafas es la imagen del póster de la pared que, con los años, se fue destiñendo.
A lo largo de 19 años, desde el lanzamiento del mítico álbum Invisible, las tres pintas del afiche cambiaron, junto a su madurez, tanto musical como personal.
En septiembre de 2005, luego de ocho trabajos y más de tres millones de álbumes vendidos, en la Plaza de Toros La Santamaría, de Bogotá, Cuevas, Frugone y Clavería fueron vistos juntos por última vez en el escenario, antes de dar inicio a un “receso” que duró nueve años, poniendo en el medio los respectivos trabajos en solitario de cada uno.
Pero un día, en febrero de 2014, frente a su gente, el público del festival de Viña del Mar, la grieta que dejó su ausencia fue olvidada con el preludio en re de Día Cero.
Y como lo cantaría el propio Cuevas en esa precisa canción: “no hay necesidad de hablarlo más”.
“Cuando nos planteamos volver, era para hacer cinco o seis conciertos, en lugares claves, y volver a casa”, dice Pedro Frugone, guitarrista de La Ley, en esta entrevista con La Prensa, días antes de su presentación, mañana sábado, en el Figali Convention Center a las 11:00 p.m.
