Son especialistas en el textil de alta calidad, amantes de los destellantes accesorios, así como conocedores de los más exóticos plumajes. Son estos, los diseñadores, quienes portan el estandarte del buen gusto y figuran para estas fechas como los encargados de los atuendos de las reinas del Carnaval.
Este selecto grupo representa uno de los ejes de las celebraciones carnestolendas. Sus inspiraciones y alegorías que surgen del imaginario, son dibujadas y replicadas, con lupa en mano, al mundo real.
El escenario donde exhiben sus creaciones son las calles o avenidas de los pueblos y ciudades por donde pasea oronda la embajadora del Carnaval, al compás de la murga y el saludo de besos en ágiles manos.
Las reinas se convierten en las modelos de las creaciones que pronto son llevadas al escrutinio por los espectadores durante cada uno de los cuatro días de este festejo.
Vestidos de gala, disfraces y carruajes, son parte de la tarea de innovación que se toman como un reto personal los diseñadores.
Algunos, los más reconocidos, gozan de una buena paga y otros, incipientes en la profesión, donan su talento para que su respectiva tuna se lleve el codiciado título del mejor Carnaval.
Este gremio de creativos defiende la postura de que su expresión artística carece de real reconocimiento.
Una petición en la que concluyen es que ya es hora de “que exista un museo del Carnaval”.
Los maestros de las fantasías requieren de hasta 11 meses de preparación, aunado a una ardua labor junto con sus equipos de trabajo, entre ellos artesanos, soldadores, tejedoras y modistas que hacen posible la finalización de la vestimenta de su majestad y su corte.