El olor a cera fundida se mezcla con el aroma de las flores de cempasúchil colocadas sobre las tumbas de los cementerios mexicanos, a los que miles de personas acuden para recordar a sus difuntos durante el tradicional Día de Muertos.
Frente a las tumbas, los visitantes montan coloridos altares en honor a sus seres queridos, a quienes les dedican cantos y rezos durante la madrugada del 1 y 2 de noviembre cuando las ánimas arriban del inframundo, según dicta esta tradición de raíz indígena.
“Se cree que los espíritus andan vagando por aquí, así que nos sentimos muy contentos de reencontrarnos con nuestros muertitos”, dijo Francisco Rubio, comunicólogo que visitaba el Panteón Dolores, en el oeste de ciudad de México.
De acuerdo con esta celebración, que mezcla raíces indígenas con tradiciones cristianas de la época colonial española, la madrugada del 1 de noviembre las almas de los niños arriban provenientes del “Mictlán”, como los mexicas llamaban al inframundo.
En tanto, el 2 de noviembre está dedicado a las ánimas adultas, a quienes reciben con alimentos y bebidas que han sido preparados una noche antes.
Aunque las costumbres de la festividad pueden variar entre las diferentes zonas de México, todas coinciden en el reencuentro entre vivos y muertos como el motor principal de la celebración más querida e importante para los mexicanos.
“Tengo el gusto de venir cada a año a visitar a mi difunta hermana. Es una tristeza y una alegría a la vez porque me acuerdo mucho de ella”, expresó Sara Hernández, ama de casa.
La festividad del Día de Muertos, convertida ya en un símbolo dentro y fuera de México, fue catalogada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés). en 2003.
