En medio de la ola conservadora que llevó al ultraderechista Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil, el Carnaval de Río prepara una edición de desfiles irreverentes que reivindican el papel de las mujeres, los negros y los indios en la historia del país.
La escuela Portela, un peso pesado en el Carnaval carioca, homenajea este año a la cantante brasileña Clara Nunes, ícono musical de los años 70 y primera artista de su época en defender públicamente -a través de sus canciones, indumentaria y discurso- las religiones afrobrasileñas.
Actualmente “hay personas discriminadas por el color de su piel, por su religión, por su opción sexual (...), en este momento en que los ánimos están crispados, un homenaje a Clara Nunes resaltando su bandera de tolerancia religiosa es muy importante”, sostiene Raphael Perucci, asesor de prensa de Portela.
Desde que el expastor evangélico Marcelo Crivella asumió las riendas de la ciudad en 2016, el dinero que la alcaldía destina a cada escuela se redujo a la mitad. Faltando cinco días para los suntuosos desfiles, los grupos habían recibido apenas la mitad de los 500 mil reales (unos 130 mil dólares) que les corresponden, según Perucci.
Pero el recorte de recursos no basta para desanimar a las escolas de samba, instituciones casi centenarias. En un país que acaba de dejar atrás una severa crisis económica y un extenuante proceso electoral, el Carnaval continúa siendo un ritual sagrado de catarsis colectiva.
“El desfile es como si fuese la Copa del Mundo. Somos solidarios con las tragedias, el Carnaval no puede aislarse [de la realidad]. Al fin y al cabo, todas las personas que desfilan son trabajadores, padres de familia, pero una vez al año, todos quieren divertirse. Si dejásemos caer la bola, nunca hubiéramos tenido Carnaval”, reflexiona.
