Caminar por el High Line de Nueva York es un ejercicio en observación: se deja de ser un peatón que de acera en acera espera que la luz le indique que puede continuar, a caminar a 9 metros por encima de la calle.
Allí, sin duda, todo cambia: el arte a los costados de los edificios está al nivel de la vista, la vida en los restaurantes que en cada esquina caracterizan Manhattan sigue apurada, pero es hasta casi armónica, y la simetría de una ciudad pensada en cuadras perfectas se vuelve más evidente.
En una ciudad como Manhattan, que parece siempre estar repleta y en construcción, cada metro cuadrado cuenta. Nunca perdiendo de vista la necesidad de áreas de esparcimiento, una antigua línea de tren que desde finales de la década de 1980 ya no era utilizada, se ha convertido en uno de los sitios turísticos imperdibles.
En el caso del High Line son cerca de 2.30 kilómetros que atraviesan aproximadamente 22 cuadras y 3 barrios. Con diversas entradas a lo largo de la ruta, no hay foto que prepare para sentirse en medio de los edificios y ver la ciudad extenderse entre cada avenida.
Con un diseño contemporáneo, en que incluso las bancas buscan transmitir el sentimiento de ir de manera permanente hacia adelante, es fácil perder unas cuantas horas descubriendo el área, aunque la caminata sea en realidad de una menor duración.
Casi todos los días hay algo que hacer: yoga en las mañanas, visitas arquitectónicas guiadas y, en las noches, observar las estrellas hasta el cierre del parque a las 10:00 p.m.
Cerca de la mitad del camino está el sueño de los amantes de la fotografía y la arquitectura: un cuadro de metal crea el encuadre perfecto de una larga avenida. Es como ver la foto que con tanto esmero se busca lograr, en la cual todas las líneas llevan al punto medio, pero mejor aún, se nutre del movimiento constante de aquellos que continúan con su vida diaria 9 metros más abajo.
La creciente popularidad del High Line ha cambiado también las cosas a su paso: en el camino las vallas publicitarias de nuevas opciones residenciales anuncian que están en la cercanía de la vía turística, los artistas parecen escoger las paredes buscando la exposición a los visitantes y, en las principales salidas, numerosos restaurantes y cafés están preparados para atender a los siempre hambrientos viajeros.
En la ruta, en una sección un tanto más amplia que se refugia bajo la sombra de un puente, pequeños puestos ofrecen deliciosas meriendas: helados, paletas de fruta, chocolates, café y hasta tacos. De allí se puede salir también con un suéter del simple, pero irremediablemente cool logo del High Line.
Cuando las vías del tren acaban y con ellas la ruta del High Line, al caminante incluso le dan ganas de volver. Toca conformarse con el recuerdo de la avenida perfectamente enmarcada y los carros, abajo, desapareciendo en el horizonte.





