Garganta Profunda es el seudónimo de William Mark Felt (1913–2008), número 2 del FBI cuando emergió Watergate. Informó al periodista Bob Woodward sobre la participación del presidente Nixon en ese escándalo. Woodward y Carl Bernstein escribieron artículos sobre el caso Watergate en el diario The Washington Post, lo cual produjo la dimisión de Nixon. Antes tuvieron que presionar mucho a los editores del diario para que incluyeran la historia pionera del periodismo de investigación. Demoraron 40 años para que se supiera quién entregó las informaciones. Off the record. Así funciona el periodismo.
Garganta Profunda es, pues, la práctica periodística consistente en proveer información de forma anónima e indirecta. Woodward y Felt, sin que existiera internet ni las datas de hoy, se reunían en un estacionamiento subterráneo. Garganta corroboró la información que el Post había recogido de otras fuentes para delinear la conspiración del gobierno. La identidad de Garganta es uno de los misterios periodísticos mejor guardados de todos los tiempos. En 2005, Felt reveló que fue el contacto que ofreció la información sobre el caso Watergate. Felt falleció tres años después, a los 95 años. No hubo responsabilidades penales.
¿Transcurrirán 40 años para saber cómo llegaron a manos de periodistas de un diario de Munich las informaciones provenientes de la firma abogadil Mossack Fonseca, con sede en Panamá?
Daniel Ellsberg (1931), exanalista de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, filtró al The New York Times y otros periódicos los llamados Pentagon Papers, estudio del Pentágono sobre la toma de decisiones del régimen estadounidense en relación con la Guerra de Vietnam. Esa revelación contribuyó a un cambio de timón en la guerra, que perdió Estados Unidos.
WikiLeaks (del inglés leak, fuga, goteo, filtración de información) es una organización mediática internacional sin ánimo de lucro, creada hace 10 años, que publica a través de su sitio web informes anónimos y documentos filtrados con contenido sensible en materia de interés público, preservando el anonimato de sus fuentes. Su creador es Julian Assange.
De Panamá, supimos en texto digital de la embajadora Stephenson que no tenía simpatía por Martinelli presidente, y que él era del tipo que gente que toma decisiones trascendentales con muy poca información.
La organización WikiLeaks recibe filtraciones que desvelen comportamientos no éticos ni ortodoxos por parte de los gobiernos, sobre todo en regímenes totalitarios, pero también en asuntos relacionados con religiones y empresas de todo el mundo.
La revelación de los Panama Papers está a cargo de un consorcio de periodistas de investigación, que es financiado por reconocidos grupos conservadores de Estados Unidos y Europa. ¿Los papeles fueron filtrados o hackeados? Algún día vamos a saberlo en detalle. Habrá que esperar.
Es una historia fascinante que ha estremecido al planeta. Hay papeles que se acercan a Putin, a Lipeng, a la monarquía española, al primer ministro conservador inglés, al presidente Macri y hasta al difunto Chávez. Hasta Gramma le ha dedicado pulgadas al litigio, no se diga The New York Times, que ha indicado que el estado de Delaware es más seguro en confidencialidad y ventajas en el dinero escondido que Panamá.
Sobre las sociedades offshore, los propietarios de la empresa abogadil apelan a la teoría del cuchillo –quien lo fabrica no es responsable del asesinato –, en contraste con la teoría de la vaca: tanta responsabilidad tiene quien le amarra la pata como quien “la mata”.
