¿Podemos liberarnos de la guerra?

Hay que leer siempre los clásicos, ya que son una fuente permanente de sabiduría. La verdad que transmiten en sus páginas pocas veces pierden actualidad.

Si los guionistas Zack Snyder y Kurt Johnstad, responsables de la trama de la película 300: el origen de un imperio, hubieran consultado la Política de Aristóteles, habrían usado las guerras Médicas (500-479 a.C.) como un vehículo para comprender el comportamiento de los hombres de aquellas épocas y cómo entendían la guerra, la que consideraban un arte.

Una situación de furia y agresión que no ha cambiado hoy.

De acuerdo con el Instituto de Heidelberg para la Investigación de Conflictos Internacionales (HIIK), 2013 y 2011 fueron los años con más conflictos armados desde el fin de la II Guerra Mundial.

En su estudio, la HIIK reveló que en estos momentos ocurren graves y letales conflictos en áreas como Afganistán, Siria, Pakistán, Irak, Mali, Ucrania y la República Centroafricana, entre otros puntos del planeta.

FACULTADES MILITARES

Alegarán los productores de 300: el origen de un imperio que no deseaban explorar el presente sino observar el pasado.

Vale. Volvamos entonces a Aristóteles, quien destacaba en su Política que las facultades militares eran la principal pasión entre los celtas, los persas, los tracios y los escitas.

Y que las leyes, la educación y la dignidad en Esparta y Creta estaban proporcionalmente relacionadas con la guerra.

El filósofo recuerda que en Cartago le daban a los guerreros un brazalete por cada misión bélica en la que habían participado, y entre más ostentaran, así era el nivel de respeto que despertaban en la sociedad.

En Macedonia, agrega Aristóteles, el soldado que no había matado a ningún rival en combate llevaba, para vergüenza suya y de su familia, un cabezal en su cinturón. O si eras escita y no habías eliminado a un enemigo, no merecías beber en la copa que se pasaban los guerreros en las fiestas luego de la victoria.

No he leído los cómics de Frank Miller en profundidad, base de 300 y su spin-off, y no sé si está apegada a la historia la contada por los ganadores que aparece en los libros oficiales o la que sufrieron los perdedores y solo un puñado conoce, pero el equipo que hizo posible 300: el origen de un imperio sí perdió la oportunidad de explicarnos qué nos lleva a ser tan agresivos.

Comprendo que esta cinta sea gore a la octava potencia, pues lo que muestra es una guerra y en ese acto lo que sobra es sangre y muerte, pero la evidencia sin analizar demasiado el accionar humano que la provoca y la lleva a cabo.

ATACAR

El ser humano es una rareza dentro del reino animal, planteó el zoólogo Konrad Lorenzo (1903-1989), ya que somos la especie más agresiva al momento de hacerle daño a sus propios miembros.

¿Qué lo lleva a esa aseveración? Los otros animales atacan a sus semejantes para marcar territorio, por hambre o miedo, para defender su espacio o sus crías, pero es inusual que agredan hasta matar a sus semejantes. Menos mal que somos racionales, ¿no?

¿Por qué somos así? El hombre tiene esa pulsación de agresión por su naturaleza, plantearon el neurólogo Sigmund Freud y su discípulo Erich Fromm.

¿Por qué la guerra? Esa fue la pregunta difícil que le formuló el científico Albert Einstein a Freud a mediados de la década de 1930.

Como si ya no fuera complicada la respuesta, le hizo una segunda interrogante: ¿existe un modo para liberar a los hombres de la guerra?

Freud le contestó que las personas son violentas por una sed inacabable de poder, por intereses económicos y mercantiles, por sus aspiraciones hegemónicas, para mantener en la cima a una clase dominante o para silenciar a las minorías, y como un negocio redondo al producir armas.

La agresividad no se puede anular, le contestó desilusionado Freud a Einstein, y acabar con esa irracional costumbre era imposible, agregó. Lo más, decía, era tratar de controlar la razón individual y colectiva en la medida de lo posible.

¿Alguna de esas preocupaciones apareció en 300: el origen de un imperio? De pasada, como quien no quiere, pues su meta no es cuestionar una masacre sino rendirle pleitesía; es reivindicar la violencia, sea justificada o no; es divinizar la agresividad y hacerla impresionante, sobrecogedora, emocionante y atractiva para un espectador que sale entusiasmado de la sala de cine, con deseos de resolver las diferencias a punta de golpes y espadas.

Si quieren saber sobre el derecho o el deber de la guerra o si es justa o innecesaria, no vean 300: el origen de un imperio, más útil les será leer a Aristóteles, san Agustín o san Isidro.

Quedemos con una reflexión de Freud que data de 1932 y que es un hecho que asusta por su alcance y su veracidad: “La guerra del mañana, a causa del perfeccionamiento de los medios de destrucción, significará el exterminio de uno o quizás de ambos adversarios”.

Edición Impresa