Roman Polanski vive en París y ama Suiza. No solo porque en Gstaad le llevaron coq au vin en señal de solidaridad cuando estuvo bajo arresto domiciliario por un delito sexual cometido hace décadas, sino porque fue allí donde encontró refugio y protección hace 40 años.
“Tras el asesinato de mi esposa embarazada y de tres de mis amigos me escondí allí de los medios”, reconoció Polanski en una entrevista con la radio suiza RTS.
El miedo, la desolación y la muerte han formado parte con bastante frecuencia de la vida del director polaco-francés, que mañana cumple 80 años.
A lo largo de su vida se endureció. “Soy de material resistente. Podrían fabricar clavos conmigo”, bromeó el director en la entrevista. Dice que se acostumbró a la muerte, así como los cirujanos se acostumbran a los vientres abiertos por los bisturíes.
Lo afirma porque su esposa fue asesinada con 8 meses de embarazo. Su madre murió en el holocausto y él mismo escapó junto con unos campesinos de un gueto en Cracovia.
En 1977, Polanski, cuya película más reciente fue La Vénus à la fourrure, pasaría 42 días en prisión después de haber tenido sexo con una menor de edad. Para evitar ser procesado en Estados Unidos, huyó a París.
Sus tramas siempre giran en torno a personas que son expuestas al mal, ya sea en sus temores o en la vida real.

