Como lector, el mexicano Rodolfo Naró entra en contacto con la poesía cuando tenía 15 años y empieza a tener más preguntas que respuestas sobre la vida.
Por ese tiempo también le ayuda que conoce las mieles y los amargos del amor. “A esa edad termina siendo más el desamor. Uno siente que todo es un desastre”, señala Naró, quien estuvo en Panamá como jurado en la sección poesía del certamen nacional Ricardo Miró.
También por entonces comienza a escribir sus primeros versos, inspirado en los bardos que descubre en la secundaria: Manuel Acuña, Amado Nervo y Federico García Lorca. Fue a los 19 cuando se dedicó a este oficio en serio, en especial explorando el amor, la sexualidad, el erotismo y la muerte.
Aunque fue a los 29 años cuando supo que de verdad deseaba ser narrador y poeta. Antes de eso estudió solfeo, ballet, canto, teatro y periodismo, todo relacionado con las artes, pero tardó en encontrar su voz.
A los 29 años saca sus poesías de un cajón y publica Los días inútiles (1996). “Yo lo financié y tiré 500 ejemplares que regalé a amigos y familiares”, recuerda.
Otros poemarios suyos son Amor convenido (1999), Del rojo al púrpura (2000), El principio (2004) y El antiguo olvido (2005), y las compilaciones Poesía convenida (1986–2007) y Lo que dejó tu adiós (1995 y 2005).
De igual manera aborda la novela con las obras El orden infinito (2007, finalista del Premio Planeta Argentina) y Cállate niña (2011).
EL ESPEJO
Rodolfo Naró, en compañía de los poetas Héctor Hernández Montecinos (Chile) y Álvaro Menéndez Franco (Panamá), dieron como ganador al poemario Fragmentos de un espejo, de Arturo Wong Sagel, en el Ricardo Miró.
“Fue un fallo por unanimidad, porque el libro, aunque maneja el elemento muy usado del espejo, le da una vuelta y lo presenta de una manera novedoso”, indica.
Comparte que cada jurado vino con dos poemarios finalistas bajo el brazo, luego de leer 70 trabajos. “El favorito de los tres era Fragmentos de un espejo, por lo que la discusión fue rápida”.

