Sépanlo los belgas y el mundo entero: ¡las famosas papas fritas belgas están a salvo! Y lo asegura nada menos que la Comisión Europea.
Un ministro regional belga había alarmado a la nación con advertencias de que habría que cometer el sacrilegio de blanquear las papas antes de arrojarlas a la grasa para eliminar en lo posible un elemento cancerígeno.
Cambiaría la forma casera de cocinar las papas, que se arrojan crudas a la grasa, aumentando el calor la segunda vez.
El resultado debe ser un bastón blando por dentro, crujiente y dorado por fuera, con suficiente grasa para que queden adheridas la sal de mar y la mayonesa. Si se la blanquea primero, el proceso consagrado se vuelve imposible.
“Empobrecería enormemente nuestra cultura de la papa frita”, escribió el ministro de Turismo belga Ben Weyts al comisionado de salud europeo.
“Qué pena sería que la UE prohibiera esta tradición celestial”, añadió, en una carta.
No teman, respondió el vocero de la comisión de la UE Margaritis Schinas. “La Comisión no tiene la menor, repito, la menor intención de prohibir las papas fritas belgas o papa frita alguna”.
Schinas sabe muy bien qué pasó la última vez que la UE trató de entrometerse en los hábitos alimentarios de sus 500 millones de ciudadanos.
Hace cuatro años, cuando anunció el plan de prohibir las jarras de aceite de oliva de las mesas de los restaurantes y reemplazarlas por botellas descartables, fue la gota que colmó el vaso de la legislación excesiva.
